Los artistas de Eros
La semana pasada veíamos cómo además de las seculares persecuciones de la sexualidad existieron grupos “aberrantes” para la época que promulgaban otra forma de acercarse a lo carnal. Pero tanto los anabaptistas como los “Soñadores” fueron gotas contrarias en un océano que demonizaba el sexo en casi todas sus facetas. De hecho la obsesión por la represión de lo erótico abarcó también el mundo de la magia. Muchas de las brujas condenadas eran culpables de prácticas antinaturales con animales y seres infernales, como los íncubos –demonios masculinos- o los súcubos –su contrapartida femenina-. El conocimiento de muchos hombres y mujeres de sustancias que potenciaban la capacidad sexual o interrumpían el proceso de gestación de la mujer les hacía sospechosos. Pero aún así existieron más aspectos relativos a las prácticas sexuales dignas de mención y que no acabaron en las hogueras de la Inquisición.
Para empezar, algunos lectores ya habrán reparado en las complejas tramas matrimoniales de la nobleza europea. Para poder forjar alianzas era menester casar a los hijos –evidentemente sin su consentimiento- con familias destacadas. Así también se recuperaban fortunas, se reforzaban o pacificaban fronteras y los patrimonios dejaban de disgregarse. Esto último era un pequeño quebradero de cabeza para los aristócratas desde la Edad Media. El hijo mayor solía heredar los títulos y posesiones mientras que el resto eran enviados a formar parte del clero. Los que no se sumaban a la vida eclesiástica se convertían en unos “segundones”, a veces con títulos menores de nobleza –caballeros, ricoshombres o hidalgos- como algunos de los que se embarcaron para las aventuras transoceánicas buscando fortuna.
También existía la costumbre de usar a los hijos menores en la búsqueda de pactos y amistades con otros nobles, lo que les obligaba a bodas rápidas y la pronta generación de una prole sana, algo especialmente preocupante para la realeza. Si tener un heredero para un condado, una marca o un ducado era importante en el caso de un reino el asunto llegaba a ser casi una obsesión. El cambio de una dinastía a otra, aunque no ha sido desconocido en el devenir de los tiempos, intentaba evitarse siempre que era posible, pues la continuidad solía ser más cómoda para todos, tanto el pueblo llano como la clase privilegiada que desempeñaba los cargos más importantes.
Eso llevó a tener que casar a personas no solamente muy incompatibles entre sí, sino que además llegaban a ser parientes, apareciendo la sombra del horrible pecado del incesto. Pero como siempre ha habido clases y clases, por “razones de estado” solían disfrutar de indulgencias. Quizá sorprenda a más de uno que Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los celebérrimos Reyes Católicos, eran primos segundos, como Felipe III y su esposa Margarita de Austria o Carlos IV y María Luisa de Parma. Felipe II y María I Tudor eran sobrino y tía respectivamente y Felipe IV, a pesar de su nutrida cohorte de amantes, se casó con su sobrina Mariana de Austria para engendrar al futuro rey. Ciertamente, después de siglos de continuas mezclas de los linajes reales europeos, se hizo más difícil encontrar parejas regias que no compartieran un lejano parentesco de sangre. Así, a finales del siglo XIX y principios del XX, se decía que no había casa real europea que no tuviera como tía o abuela a la reina Victoria de Inglaterra. Evidentemente semejante endogamia tuvo sus secuelas, extendiendo enfermedades, males y síndromes cuyo ejemplo más popular podría ser Carlos II “el Hechizado”.
Pero el sexo entre parientes no era la única “aberración” que contemplaron los siglos de la Edad Moderna en el Viejo Continente. También existió una visión escandalosa e incluso aventurera sobre esto, encarnada en figuras como el Marqués de Sade o Casanova, auténticos arquetipos del gran amante. El primero de los citados, François de Sade, nació en el siglo XVIII, el famoso “Siglo de las luces” que en muchas ocasiones ha sido retratado como un momento de razón, superstición y desenfreno amoroso al mismo tiempo. Fueron tiempos de exuberancias intelectuales pero también físicas, quizá como resultado del alejamiento progresivo de la Iglesia y el Estado desde la Guerra de los Treinta años en la centuria anterior. Existía una mayor libertad, aunque se apreciaba de forma muy tímida, puesto que los dirigentes del norte y del sur de Europa seguían siendo cristianos y guardianes de la moral. Sade retrató sus vivencias como un noble y despreocupado hombre de su tiempo que disfrutaba de una sexualidad completamente desenfadada, llegando al terreno de lo que algunos considerarían vicio.
Llegó a ser detenido durante la monarquía borbónica, el periodo revolucionario y el imperio napoleónico, acusado de conductas inmorales fruto de su desenfreno con el alcohol y el sexo. También se ganó muchos enemigos con sus trabajos literarios, como “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”, “La filosofía en el tocador” y por supuesto “Justine”, donde las jóvenes doncellas eran agredidas por una sociedad llena de vicios y una pasión por lo físico violenta y criminal. Tanto es así que el término “sádico”, que nosotros aplicamos para la crueldad innecesaria, se debe en gran parte al legado y nombre de este personaje.
Giacomo Casanova, por otra parte, es quizá recordado por la sociedad occidental de una manera más simpática. Empleamos el apelativo de “Casanova” a todo aquél que goza de la bendición de Cupido y es capaz de enamorar o conseguir ciertos favores de otras personas y lo basamos, como en el caso de Sade, en un personaje real e histórico. Este veneciano, también a caballo entre el final de la Edad Moderna y los tímidos inicios de la Edad Contemporánea, se mostró más elegante y educado en sus escarceos amorosos. Al contrario que Sade, la sexualidad en la obra de Casanova se observa como algo natural y lúdico, que proporciona placer más allá de lo físico, como una aventura a muchos niveles. Casi recuerda al “Emilio” de Rousseau y su máxima de que “El hombre es bueno por naturaleza” y si en ella se encuentra su realidad sexual por tanto no tenía por qué ser mala en sí misma.






