Sexo maldito y sexo sublime
Ya se ha hablado en este serial del matrimonio y el adulterio en la Edad Moderna, de excesos y vicios que se cometían a pesar de los duros castigos existentes. Pero quedan aún algunos puntos que no se pueden dejar de mencionar. Un asunto espinoso y que por desgracia nunca ha desaparecido fue el de los abusos sexuales, algo que no debía ser extraño en una sociedad tan reprimida, donde las desigualdades sociales y de género eran tan abismales. Tampoco debe olvidarse que durante los conflictos bélicos las poblaciones que eran conquistadas solían ser entregadas a una orgía de pillaje y destrucción donde desgraciadamente muchas personas eran forzadas sexualmente. Por ello, incluso cuando un enclave cobijaba a sus propias tropas, era común encerrar o esconder a las mujeres lo máximo posible para evitar la convivencia con los soldados.
La violación era algo tremendamente difícil de probar cuando era un varón adulto el acusado, más aún si era de la misma casa que la víctima. El cabeza de familia, sobre todo, gozaba de tanta autoridad que su negación de cualquier acusación solía ser un argumento de peso. La persona, generalmente mujer, que acudía a las autoridades alegando que había sido atacada debía demostrar que había ejercido resistencia –marcas y heridas- además de poseer una reputación intachable y aún así siempre existía la duda de si había sido ella la “provocadora”. La coquetería, las miradas y mil gestos eran, en la concepción de la época, delatores de la culpa de la mujer que “engatusaba” al hombre y le llevaba al pecado como Eva había hecho con Adán. La cosa era aún peor en algunos lugares de la Europa protestante, ya que si la mujer quedaba en cinta se desestimaba la acusación pues no se entendía el embarazo sin la voluntad positiva de la mujer. Una joven en semejante estado que acusaba a un hombre, sobre todo si estaba casado, era sospechosa de buscar fortuna y un padre para la criatura, siendo un prejuicio muy patente en la mente de jueces y clérigos.
En cuanto a la autoridad que regía los comportamientos al respecto los especialistas en la Edad Moderna han llamado la atención desde hace décadas al control que, siempre respetuoso con las autoridades civiles y eclesiásticas, ejercieron los gremios. Como grupos no demasiado abiertos pero con una gran solidaridad también se erigieron en guardianes de la moral. Tanto es así que podían expulsar a cualquier miembro si su comportamiento era contrario al código de conducta establecido, que pasaba por regular el peinado, el vestido o lo que se podía hacer o no en las festividades, cuando las mentes se relajaban fruto del alcohol y del momento.
Cómo no, la sodomía siguió siendo perseguida como delito capital, definido como el sexo anal heterosexual o también entre hombres, puesto que no siempre se menciona entre mujeres, algo harto difícil de probar. Algunos de los registros conservados en la zona del Imperio demuestran que los condenados tenían consideración de herejes. Holanda, en 1730, emprendió una campaña de represión contra estas personas, con denuncias secretas y torturas. A pesar de todo el número de ejecuciones en el Viejo Continente fue más bajo de lo que podría pensarse, por lo que no debe hablarse de auténticas persecuciones generalizadas sino más bien en redadas puntuales. Pero eso no significa, claro está, que las personas con tendencias homosexuales pudieran mostrarse como tales, teniendo que esconder su forma de vida.
La discreción era un escudo muy poderoso –sobre todo entre personas casadas y con hijos- ya que solamente podía demostrarse una tendencia “invertida” si existían testigos veraces de un acto homosexual o si eran detenidos durante el mismo. En los siglos XVII y XVIII, sobre todo en Francia e Inglaterra, se hicieron famosas ciertas formas de vestimenta y un argot especial que les identificaba entre ellos para poder reunirse. En este último reino los lugares de encuentro eran conocidos como “Molly Houses”, pero se dieron en casi toda Europa. Otro factor que ayudó mucho fue el de la ignorancia. La homosexualidad apenas era conocida por la gran masa, al menos en sus aspectos prácticos. Era el “vicio inmencionable” que al igual que la fornicación no era un tema adecuado para tratar desde los púlpitos, pudiendo además inspirar o dar demasiadas ideas al rebaño de la cristiandad. Por los datos que se poseen de las actas de los juicios las sospechas de homosexualidad femenina o lesbianismo eran mucho menores que en los casos masculinos.
Una de las pistas que se destacaban como signo de estas conductas era el empleo de vestimentas masculinas, un tema empleado en el literatura del XVII como se ve en “La hija del aire” de Calderón –aunque no en un contexto lésbico- o en el fascinante caso de Catalina de Erauso, apodada la “monja alférez”. En general puede afirmarse que la homosexualidad se detectó con mayor profusión en las ciudades mientras que en las áreas rurales este “pecado” cedió en importancia ante el del bestialismo. De hecho eran comunes las mofas a los pastores y granjeros con la presunción de que se desahogaban con sus propios animales. Pero no todo fueron vidas monacales y recato en la mentalidad oficial. Como pasa hoy día existían múltiples interpretaciones de lo que era el sexo y su lugar en la sociedad.
Precisamente la convulsión del siglo XVI fue la que más diversidad dio a este respecto, con grupos como los anabaptistas –que no deben confundirse con los existentes en el Bajo Imperio Romano-, fundado en 1525. Éstos interpretaban el pasaje del Génesis: “Creced y multiplicaos, y llenad la tierra” (1:28) como una invitación a la poligamia, aunque siempre con sus limitaciones. Considerándose cristianos, se bautizaban una vez llegados a la edad adulta y mantenían relaciones después del matrimonio, claro que era solamente el hombre el que podía disfrutar de varias esposas y nunca al revés.
Tanto en el mundo católico como en el protestante los anabaptistas fueron considerados sectarios peligrosos y perseguidos –sobre todo desde la Dieta de Spira de 1529- en casi todos los territorios de Europa. En base a las actas de condena se sabe que más de 2.000 creyentes en esta nueva vía fueron ejecutados entre 1525 y 1530 lo que se suma a los millares de muertes que se produjeron cuando la ciudad de Münster (Renania del Norte-Westfalia) fue tomada en 1535 por parte de las fuerzas imperiales. También es cierto que los anabaptistas habían ocupado la ciudad el año anterior imponiendo la poligamia. A pesar de todo el movimiento no desapareció, trasladándose al continente americano y diversificándose –con ejemplos como los amish-.
Otro grupo que podría ser tildado de “peculiar” cuanto menos fue el de “Los Soñadores”, que directamente postulaban que la sexualidad no tenía nada de malo. Su argumentación consistía en que si los genitales formaban parte de la naturaleza original del hombre y por tanto creados por Dios, no podían ser malos. Ir contra-natura era algo negativo pues se incumplía el plan divino pero el sexo era natural por lo que la contención, más allá de la lógica supervivencia del grupo, no podía ser más que un pecado contra el Creador. Apoyándose en el pasaje del Génesis (1:28) antes aludido consideraban que las relaciones sexuales eran un mecanismo perfecto para poblar la tierra con siervos de Dios. Incluso en el siglo XVIII algunos habitantes de Moravia cantaban himnos a los genitales de Jesús y a los senos y útero de la Virgen como partes sagradas del cuerpo y como forma de reconocer la humanidad de su dios.






