Los diferentes castigos para hombres y mujeres por ser adúlteros
En el serial anterior se aludía a la vigilancia y al castigo que provocaba todo lo relacionado con el omnipresente Eros. A las necesidades básicas del control de la población se superponían creencias religiosas que se veían reforzadas por las nuevas ideas de católicos y protestantes. ¿Pero quiénes eran los que impartían justica? Realmente, tal y como ilustran las actas de los juicios, la autoridad de la condena y el castigo eran ejercidas tanto por tribunales civiles como religiosos.
Incluso la tan temida Inquisición fue encabezada en algunos reinos por los propios monarcas, garantes del orden querido por el dios cristiano. La Iglesia necesitaba siempre del respaldo del poder civil y los gobernantes de la legitimación de la religión, formando un binomio que no se empezaría a resquebrajar hasta el final de la Guerra de los Treinta Años en 1648.
La responsabilidad de los tribunales pretendía corregir los posibles errores morales antes de que se extendieran, dando ejemplo al resto de la sociedad de lo que podía pasar si erraban en su comportamiento. Para ello desde los púlpitos se lanzaban mil y un sermones que prevenían sobre el pecado sin dar demasiados detalles –para no inspirar esos mismos actos– y los reyes y nobles promulgaban leyes en contra de todo lo relacionado con una sexualidad descontrolada. Pero claro está, a veces nada servía mejor que el miedo que generaba el castigo físico de los condenados ante un nutrido público.
Una actividad altamente perseguida fue el adulterio, considerado como un doble pecado debido a que se asociaba a la fornicación por una parte y a la ruptura de los votos matrimoniales por otro. El código penal del Sacro Imperio de 1532 lo recogía como un pecado de primera magnitud, castigándose hasta con pena de muerte. Sin embargo lo más normal era una recriminación a los hombres y unas penas pecuniarias, aunque las mujeres, como se vio en el serial anterior, pasaban por castigos más duros y una vergüenza pública que en ocasiones no se olvidaba jamás. Lo curioso es que en el área protestante el adulterio masculino llegó a castigarse con mayor dureza que en la Edad Media, quizá por la tendencia de los reformados de buscar una cristiandad más “pura” –que al fin y al cabo era lo que les había separado de Roma–.
La ley más curiosa al respecto es la de Ginebra de 1566, que teóricamente era igualitaria para hombres y mujeres siempre y cuando ambas partes estuvieran casadas. Pero como nunca se dio una igualdad total, en el caso de un hombre casado acusado de fornicación con una soltera la pena era muy inferior al suceso contrario, donde la mujer adúltera casada era ejecutada. Eso sí, el sexo extramatrimonial era una causa de divorcio perfectamente razonable, si bien las autoridades buscaban siempre que los cónyuges se reconciliaran.
Otras motivaciones aptas para la ruptura de los votos podían ser la existencia de una enfermedad contagiosa, la condena por delitos capitales, el abandono y lo más curioso: impotencia. En caso de que el hombre fuera incapaz de generar descendencia la unión debía disolverse para dar oportunidad a la mujer un matrimonio más fructífero. Aún así, como señala Marry Wiesner-Hanks (“Cristianismo y sexualidad en la Europa Moderna”, 2001), llama mucho la atención el pequeño número de divorcios registrados en el mundo protestante, lo que subraya la importancia que tenía esta institución para los que no la consideraban un sacramento.
Tanto la violación como la fornicación podían desembocar en embarazos no deseados, lo que era un estigma social si no se ocultaba bien y provocaba otros problemas como el abandono de niños, hambrunas o infanticidios. Este último caso, sobre todo antes del nacimiento, se intentó reprimir a pesar de ser un medio ancestral para el control de la natalidad. Es conocida por todos la postura de la Iglesia católica, que concebía y concibe el aborto como un crimen semejante al asesinato, pero se suele desconocer que los protestantes opinaban de una manera similar. Lutero y Calvino consideraban la contracepción como algo monstruoso y solamente podía castigarse con la muerte, decapitando a los hombres responsables.
La mujer, como de costumbre, se llevaba la peor parte al ser ejecutada de forma más lenta y agónica: era ahogada. Aún así era muy difícil demostrar que una embarazada había abortado de forma activa, pues las interrupciones naturales del embarazo podían llegar con suma facilidad con unas condiciones higiénicas y físicas nada óptimas. Incluso los bebedizos y cualquier cosa que la futura madre tomaba podían explicarse como medicinas. Por eso en el caso de perder el bebé se necesitaban gran cantidad de pruebas a veces imposibles de conseguir, siendo requerido el testimonio de las comadronas para conocer las condiciones del alumbramiento. Pero lo que seguramente sorprenda a más de un lector es que existía una creencia tanto en el norte como en el sur de Europa que aseguraba que durante los primeros meses del embarazo la criatura no tenía alma. Si el proceso cesaba en ese periodo, incluso por causas artificiales, no tenía por qué ser una falta a tener en cuenta.
Otro aspecto de la sexualidad de la Edad Moderna fue el de la prostitución que, como se ha señalado en anteriores capítulos de este serial, era moralmente deleznable. Es cierto que en casi todos los lugares y pueblos existían casas de citas donde se prestaban estos servicios por parte de hombres y mujeres, siendo esto así porque se permitían en muchas casos su existencia. Desde el razonamiento de algunos médicos que sostenían que los hombres tenían que descargar la tensión de sus “humores” –entendidos como fluidos del cuerpo humano que debían guardar siempre un delicado equilibrio– hasta la descarada hipocresía –las “profesionales” les hacían toda clase de cosas que no les hacían en casa a los clientes–, las razones de su presencia nos informan de que jamás desaparecieron. Realmente se dieron esfuerzos puntuales para cerrar estos lugares desde el siglo XVI, pero nunca acabaron de prosperar, más aún con la terrible crisis económica de la centuria siguiente. Las mujeres solteras eran siempre sospechosas de dedicarse a estos oficios si recibían muchas visitas en sus domicilios –en especial cuando eran de clase baja– pero las casadas tampoco se libraban de estar bajo esta sombra.
Tener a alguien cercano dedicado a tareas de tan mala reputación manchaba el honor de toda la familia. De hecho, una de las formas más crueles para atacar el honor de una persona era tildarle de prostituto o ser hijo de alguien dedicado a esos menesteres. La tan famosa frase de “hijo de ….” que en nuestros días sirve de grave insulto ya lo era en los siglos del Renacimiento y el Barroco. Los castigos eran similares a los del adulterio y fornicación, con penas físicas, de cárcel y destierros.
Martín Lutero llegó a hablar de Roma como una “ramera” para recalcar la degradación moral que percibía de la Santa Sede. No obstante, lo cierto es que también desde la Edad Media se acusó a los obispos y cardenales de frecuentar los lupanares y se llegó a jurar que cuando el Papa residió en Avignon se llevó su corte de . Irónicamente Calvino postuló que el ejercicio de la prostitución no tenía que ser absolutamente negativo ya que mostraba un ejemplo de cómo no comportarse para los buenos cristianos. Las meretrices solían acabar con hijos no deseados y con algunas enfermedades venéreas muy desagradables, sirviendo de ejemplo de las facetas más negativos que podía tener el sexo sin control.






