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Por Ignacio Monzón, 02 de junio de 2011

Como se vio en la entrega anterior, hasta en las iglesias podían aparecer escenas referentes al patrocinio de Venus y Eros detrás de una esquina o en lo alto de un capitel. Evidentemente el deseo y la práctica sexual no desaparecieron por muchas advertencias que se hicieran desde los púlpitos. La atracción carnal movida por el amor, la pasión, la lujuria o cualquier otro aspecto era y es algo natural en el ser humano, constatándose en cualquier sociedad, por mucho que se esconda. Por ello, si en la llamada Edad Media existieron todo tipo de prácticas prohibidas, en las centurias siguientes, agrupadas en el concepto de Edad Moderna –generalmente hablando entre los siglos mediados/finales del siglo XV y la mayor parte del XVIII– la continuidad fue la norma.

La Inquisición castigaba con dureza cualquier aberración –incluido el bestialismo–, cualquier acto “contra natura”, término que se aplicaba en especial a la homosexualidad o sodomía pero que se extendía a toda relación sexual que no tenía por objetivo la reproducción dentro del matrimonio. Carlos I de España y V de Alemania llegó a legislar en contra de actos como la masturbación y otras prácticas de esta índole en 1532, condenando a los que fueran pillados “in fraganti” a la pena de muerte, lo que ilustra hasta qué punto se concebía la inmoralidad del sexo por placer.

Los tiempos de la Edad Moderna, a pesar de incluir los brillantes principios del Renacimiento, fueron tremendamente convulsos. Guerras por cuestiones políticas se vieron alimentadas por los fuegos de la religión cristiana, que en ese momento presenció una serie de cambios que acabaron con su aparente unidad. El descontento generado durante siglos, que afectaba a los campos de la política, la sociedad y la economía además de los intereses particulares, acabaron creando “protestas” cuyo epítome se tradujo en la ruptura de Martín Lutero con la Iglesia de Roma. Lo que él empezó gestó una serie de movimientos que conmovieron los cimientos europeos provocando durísimas guerras en los siglos XVI y XVII.

La Santa Sede, al menos parcialmente, tomó conciencia del descontento e impulsó la Contrarreforma –en oposición a las iniciativas luteranas–, que recogía las directrices del Concilio de Trento (1545-1563). Para intentar paliar los problemas que habían llevado a esta situación se procedió a un control más férreo tanto de las instituciones eclesiásticas –clérigos mejor formados– como de la propia población, que comenzó a ser registrada en los momentos “importantes” de la vida: el nacimiento –mediante el bautismo–, la madurez –el matrimonio– y la muerte –con la extremaunción–. Por supuesto la preocupación por lo que se hacía en el dormitorio –o en los lugares que sirvieran para ese fin– estuvo muy presente, con un sinnúmero de consejos, prescripciones y prohibiciones.

De una forma más contundente se recordó que el sexo cristiano solamente podía darse en las condiciones que ya se han visto en este serial: entre un hombre y una mujer desposados por el ceremonial cristiano con la intención de tener hijos y solamente practicando unas pocas posturas “autorizadas”. Siguiendo con la tradición medieval incluso cumpliendo estas condiciones existían momentos en los que el coito estaba prohibido, exigiéndose la abstinencia días antes y durante la Navidad o Pentecostés, por ejemplo. No hace falta decir que el Domingo, el “Dominus dei” o “Día del Señor”, debía ser honrado también con el control de los impulsos físicos. Las actas de la Inquisición registran un buen porcentaje de actos de este tipo, siendo una fuente para el conocimiento histórico de las prácticas sexuales.

Sin embargo hubo más variedad de opiniones de lo que el gran público piensa, siendo los siglos XVI y XVII, sobre todo, un hervidero intelectual donde se defendían y argumentaban ideas que a veces eran incompatibles entre sí. Sixto V, por ejemplo, promulgó la bula “Effraenatam” en 1588 según la cual el adulterio y el aborto se consideraban como pecados capitales, castigándose con la excomunión papal, pero su sucesor Gregorio XIV prefirió cambiar este castigo por otros un tanto más suaves seguidos de penitencias.

El ejemplo de la escisión protestante ya había restado un importante número de fieles a la Santa Sede y no podían permitirse aumentarlo. El jesuita español Tomás Sánchez (s. XVI-XVII) en “El Santo Sacramento del matrimonio” aseguraba que la sexualidad de los esposos tenía que ser declarada como un pecado venial en el peor de los casos. Aseguraba sin ningún pudor que las caricias y actos de “preparación”, incluidas las felaciones, no eran malos si se practicaban como antesala del coito entre esposos en postura del “misionero” y con la intencionalidad reproducirse. Quizá por eso cuando se repasan los escasos tratados actuales que versan sobre estos espinosos temas –por lo menos en esos días lo eran– uno no puede dejar de esbozar una sonrisa al leer encendidos debates sobre si era lícito o no experimentar un orgasmo o si este debía ser más o menos rápido y profundo. Hasta los textos cristianos europeos recomendaban, a veces, que los esposos recitaran salmos o pensaran en vírgenes y santos para “gozar” lo menos posible ya que la práctica sexual debía ser tomada con una seriedad trascendental.

Un mecanismo observado también en la Edad Media y que pretendía fomentar el control sobre la sexualidad fue el de los ejemplos. Si sobre todo a partir de los siglos XII y XIII la figura de la Virgen comenzó a destacar como un ser independiente, en el siglo XVI hubo un auge enorme. La gran cantidad de iglesias y lugares que se la consagraban enseñaban que era el ejemplo a seguir, concibiéndose la castidad como una corona que daba al alma un valor especial. En el mundo protestante, a pesar de su aperturismo en ciertos aspectos, se consideraba que la cópula generaba el “pecado original” y las mujeres estaban especialmente predispuestas a él.

En una de las obras cumbre de la literatura castellana, “La Celestina”, la joven Melibea llega a sufrir el dilema de ceder a su amor pasional o conservar su distinción de virgen, algo que solamente se podía sacrificar para tener hijos. No obstante, tanto en la Europa católica como en la protestante las viudas y las casadas llegadas a la menopausia veían en la entrega de nuevo al celibato una recuperación parcial de su virginidad. Esto también exigía una ausencia de pensamientos carnales y de la masturbación, acto abominable en la mujer con el que se pretendía considerar que era un ser sin control propio.

Así, en ciertas partes de Europa, tanto en la católica como en la reformada, las mujeres que vivían solas, incluso siendo viudas, se concebían como personas especialmente sensibles al pecado y se recomendaba que un hombre, sobre todo si era de la familia, las tuviera bajo su vigilancia. Un control que en ocasiones llegaba a extremos tan ridículos que obligaba a las mujeres fértiles a desnudarse una vez al mes para ser examinadas por mujeres mayores, médicos o hasta hombres mayores, para detectar posibles signos de amor físico –marcas e himen desgarrado– y de embarazo. Y es que como se ha visto tantas veces en la ciencia de Clío, existía un doble rasero que juzgaba de forma muy diferente a Adán y a Eva.

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