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Por Ignacio Monzón, 23 de mayo de 2011

En la entrega anterior quedaba claro que la sexualidad en el Medievo, aunque arrastraba una serie de prejuicios morales, no había sido desatendida por la cultura de la época. Algunos médicos observaban los cambios orgánicos en busca de identificar patologías y conocer más sobre los ciclos reproductivos. ¿Pero eso era todo?, ¿un interés aséptico desde la mentalidad académica? Sin duda podía estar bien desde el punto de vista oficial de clases que podían permitirse una buena educación, pero la gran masa de la población seguramente lo vio de otra forma. La curiosidad de los adolescentes, la pasión de los jóvenes, los grandes señores feudales –tanto del clero como los seglares- y sus vidas libertinas aparecen en la literatura de la época aunque no siempre de forma fácil, pues las obras que exaltaban el erotismo evidentemente no eran bien vistas por la Iglesia.

Desde oriente, gracias a los contactos con el mundo musulmán, los europeos pudieron conocer tradiciones muy elaboradas al estilo de las que, siglos después, serían recogidas en “Las mil y una noches”, con un buen número de relatos donde el amor y la pasión iban de la mano. Europa, por su parte, contó con su propia literatura, quizá heredera del legado clásico –“Arte de amar”, “El satiricón”, etc.- o quizá respondiendo a las pulsiones de su propia sociedad. En el siglo XI, en la rica corte del Ducado de Aquitania, nació el llamado “Amor cortés”, un concepto que todavía es discutido pero que hablada directamente del amor entre un hombre y una mujer tanto en el sentido más romántico como en el más carnal –que de hecho se veía como la consumación del primero-.

Más conocidos son los días de Leonor de Aquitania los aristócratas gustaban de galanterías y expresiones de sus deseos que, disfrazados o embellecidos por formas poéticas, pretendían escapar de la censura y erigirse en una forma de arte. La variedad de temas se reducía al mínimo, tratando de los anhelos, esperanzas y sufrimientos que provoca el amor, aunque los pasajes con carga erótica también podían aparecer, como se ve en “De tribus puellis”. Los juglares provenzales, principalmente, componían todo tipo de obras que se han perdido en su mayor parte, pero algunos autores brillaron con tanta fuerza que sus trabajos se han conservado para ilustrar la mentalidad medieval al respecto. Un ejemplo sobresaliente es, sin duda, “De amore” de Andra Capellano, autor del que apenas se tienen datos pero que dejó esta composición, uno de los mayores manifiestos de su tiempo. En ella se describen amores de todas las clases sociales y sus problemas, sacando el autor una serie de conclusiones.

Entre ellas cabe mencionar que se consideraba que la dificultad por conseguir el amor era un poderoso aliciente que aumentaba su intensidad, por lo que cuanto más “prohibido” o improbable, mayor sería la recompensa final. Capellano también sostenía que el verdadero amor para el varón venía con la madurez y los impulsos de la juventud no eran más que efectos pasajeros de la pasión. Por supuesto, el amor sentido debía mantenerse en secreto, pues si no raramente podía durar. Los académicos a día de hoy siguen viendo muchas facetas en este tipo de máximas, dado que los amores secretos y prohibidos podían impulsar a gentes de diferentes clases a relacionarse amorosamente amparados en el secretismo. La relación sexual, aunque no siempre mencionada directamente, solía estar incluida como la consecuencia final del amor.

Otros ejemplos de la literatura amorosa europea demuestran que era un tema atrayente en todos sus aspectos: la pasión física, el amor más “puro” o el mismo desamor, que provocaba más de un problema por celos, rabia e ira. La misma vergüenza de los jóvenes para admitir su afecto por otra persona era algo común, si bien no necesariamente como algo bueno ya que en sí mismo no tenía por qué ser algo negativo. En el “Havamal” –“Dichos del Altísimo”-, un conjunto de versos de los siglos VIII-IX que forman parte de las “Eddas Poéticas” o “Eddas Mayores” se afirma:
“Reprochar el amor nadie debería
a otro jamás;
conmueven al sabio, no conmueven al necio,
los rostros de amable color.” (Estrofa 93)

Incluso más adelante, en la misma obra, se hace mención explícita de los placeres carnales:
“La virgen de Billing encontré en el lecho,
clara como el sol, durmiendo;
placeres de príncipe pensé que no habría
si no era gozar aquel cuerpo.” (Estrofa 97)

Las literatura escandinava en general, tanto aludiendo a los mortales como a sus dioses –Odín, Thor, Freya, Balder, Njord, etc.- incluyó los problemas que generaban el amor y el deseo. La pasión física traía dolor a todos, siendo desencadenante de sucesos dramáticos. Hasta el pobre Odín tuvo que yacer con la giganta Gunnlod tres noches seguidas para poder beber la hidromiel de la sabiduría elaborada con la sangre de Kvasir. Otros ejemplos de la sexualidad más pura y descarnada lo encontramos en una de las obras más interesantes de la literatura medieval inglesa: “Los cuentos de Canterbury”, de Geoffrey de Chaucer. A lo largo de 24 cuentos se contempla un muestrario de la sexualidad “cotidiana” del siglo XIV. Esposos y esposas adúlteros conviven con miembros del clero que gozan de lo físico sin importar su condición o sus votos. Deudora del Decamerón (s. XIV), en España este interés no pasó desapercibido, con obras como el “Libro del Buen Amor” de Juan Ruiz, el “Arcipreste de Hita” y uno de los mayores exponentes del Mester de Clerecía.

La literatura y la música trataron el tema del sexo como una faceta del amor, pero existieron plasmaciones más pétreas, literalmente hablando. La escultura al servicio de la arquitectura, incluso la religiosa, generalmente se inspiró en lo bíblico, pero existen ejemplos que jalonan de sorpresas los restos de templos europeos. En el Románico, sobre todo, pueden verse en algunas iglesias hombres itifálicos, mujeres mostrando sus genitales dilatados y por supuesto coitos. Generalmente estas imágenes se explican desde el punto de vista de la prevención. El pecado carnal existía, tanto de obra como de pensamiento y era algo que no podía negarse. Lo que sí era posible mostrar eran sus consecuencias: las condenas y el tormento eterno.

De hecho es común ver demonios y fuego cerca de las escenas eróticas. Otra posibilidad sería la de una mentalidad medieval en la que el sexo se plasmaba en los lugares sagrados para vincularlos con ellos. O dicho de otro modo, eran acciones lícitas en el caso de pasar por la aprobación de la autoridad sacerdotal mediante el matrimonio. Incluso estas imágenes podían ser meros recordatorios del carácter impúdico y salvaje del ser humano y la necesidad de regir sus vidas por la práctica de las virtudes cristianas. Sean cuales sean las explicaciones reales, existen buenos ejemplos de estas escenas en Europa y España no es una excepción, como nos demuestran las colegiatas de San Pedro de Cervatos y San Martín de Elinés (Cantabria) o la Iglesia de San Cornelio y San Cipriano (San Cebriá de Mudá, Palencia).

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