Helena y el sexo
Si al lector se le pregunta cómo se imagina la Grecia de la antigüedad es muy probable que un gran número conciba ese mundo con hombres musculosos medio desnudos, calles de mármol y ciudades repletas de filósofos. Los museos y los documentales, así como las películas y series de televisión, a veces han transmitido una versión demasiado “elevada” de la civilización helena. De forma mucho menos matizada esta visión fue la que imperó durante siglos en el mundo europeo. Los griegos eran seres de gran perfección física, intelectual e incluso moral, por lo que casi nadie prestaba atención a la faceta sexual de su cultura, tildada sobre todo en el siglo XIX como algo bestial e incivilizado.
Las esculturas de hombres y mujeres desnudos se veían como estudios del cuerpo humano y para un goce estético lejos de cualquier consideración carnal. Por supuesto las menciones hacia la sexualidad sagrada estaban ahí –el término “hieros gamos” aludido en anteriores entregas es heleno– pero el sexo por placer, por vicio que dirían algunos, también. A lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de la segunda mitad de la centuria, las ciencias históricas sacudieron los marmóreos pilares de los helenos y estos tuvieron que bajarse del pedestal en el que, por error, se les había encumbrado. Al final los antiguos griegos: Homero, Heródoto, Pericles, Alcibíades y Alejandro eran humanos pero no por ello menos grandes o fascinantes –quizá precisamente por ello más aún–.
La rica y variada concepción mítica del mundo y sus poderes, eso que normalmente conocemos como “mitología griega”, está plagada de menciones sexuales. De hecho el impulso hacia lo carnal es un auténtico motor en estas historias. El deseo de Paris por Helena, la pasión de Pasifae por el toro de Creta, los continuos amores de Zeus con mortales y diosas –Dánae, Sémele, Leto, Maya, Hera, Metis, Démeter, Deyanira, etc.–, la fascinación de algunas diosas por pastores y héroes o el apetito de las ninfas –que generó el término “ninfomanía”– jalonan la literatura de esta clase. Curiosamente también se relatan la castidad de importantes dioses: Hestia, Artemisa y Atenea, que castigaban severamente cualquier insinuación de su sexualidad. La plasmación de algunos mitos encontraba su marco material gracias a la enorme destreza que poseían los helenos.
Así nos legaron objetos tan curiosos como las hermas, estelas con cabeza humana, de varón barbado representando a Hermes, que mostraban un pene erecto con sus testículos. También sabemos que durante ciertas festividades a Dionisos se realizaba una procesión del “falo sagrado”, con ejemplos pétreos que han perdurado hasta nuestros días. El mismo dios del vino, dos veces nacido, fomentaba los estados alterados de la sexualidad, rodeado de sus sátiros itifálicos y sus ménades danzantes y ebrias. También esta figura de la sexualidad tenía su encarnación divina, tanto en Afrodita como en Eros, dioses del amor en sus diferentes manifestaciones. Pero también existían dos grandes potencias que perfilaban más este cúmulo de sentimientos: Pothos, la Pasión e Hímeros, el Deseo.
Por supuesto la prostitución estuvo muy presente en el mundo heleno, siendo una forma de vida criticada pero existente como nos demuestran las menciones literarias. Además, dado el carácter bisexual y homosexual de muchos hombres –así como las apetencias de muchas mujeres– existían hombres que se dedicaban a estos oficios. Por lo que sabemos ellos diferenciaban a estas personas dependiendo de su nivel, hablándose de “pornai” y “pornoi” –del que hemos heredado el término “porno”, en el caso del más bajo. Eran personas desposeídas que se dedicaban a estos menesteres bien por libre o también en casas privadas, prostíbulos que podían hallarse en cualquier ciudad griega. Los existentes en el puerto del Pireo, en Atenas, tuvieron cierta fama.
Se dice, aunque sin confirmación, que el sabio legislador Solón creó en Atenas un prostíbulo público. Con ello se perseguía mantener un cierto “orden” donde los varones pudieran desahogarse y tener una fuente de ingresos para el Estado. No obstante bien pudo ser una burla política destinada a ensuciar su figura, pero sí hay alguna que otra mención acerca de que las obligaciones fiscales afectaban a estas personas. Por encima estaban las hetairas o heteras –“hatairai”– mujeres que tenían en su belleza uno de sus dones.
Además de saber leer y escribir, poseían gran cultura y erudición, así como la habilidad para el baile, el canto y la música. Eran “mujeres de compañía” con las que los hombres podían disfrutar a muchos más niveles que el meramente físico. En una cultura donde la esposa no siempre era considerada digna de recibir una buena educación era normal encontrarse con esta conducta que se ha tildado de hipócrita. Se buscaba sexo con mujeres cultas pero nunca un matrimonio con ellas. A Pericles se le atacó públicamente asegurando que su querida Aspasia había trabajado en un burdel y que su gran conversación y su cultura denotaban que era una hetera.
Antes he mencionado el desnudo griego. Estamos muy acostumbrados a verlo en museos y libros de arte, por lo que no solemos reparar en su significado. Evidentemente el hombre despojado de cualquier ropaje –la mujer aparece en muchos menos casos y se suele mencionar genéricamente como Afroditas– tenía un sentido heroico y divino, pues solamente los seres superiores podían mostrar la belleza y perfección de sus cuerpos, que no se doblegaban al frío, el cansancio o cualquier otro mal.
Pero la desnudez también atraía al deseo, que se dejaba sentir especialmente en los gimnasios. Estos lugares, auténticas instituciones educativas básicas para cualquier ciudadano heleno, estaban especialmente vigiladas en el sentido sexual, prohibiéndose la entrada a los efebos u hombres jóvenes hasta su llegada a la madurez. Dado que no existía ropa deportiva el ejercicio debía hacerse desnudo. La visión constante de cuerpos ejercitándose y los baños entre compañeros despertaban el deseo homosexual de muchos jóvenes. Pero como en la mentalidad griega el autocontrol no llegaba hasta la edad adulta –algo que se sigue manteniendo hoy día–, no se podían permitir unas conductas que eran capaces de degenerar en vicio. Ya por aquel entonces se pensaba que la pasión, era mala consejera.






