Amor y otras drogas, una película de actores
Edward Zwick –director, productor, guionista…– ha mezclado muy bien el drama romántico con el cine de acción –recordemos Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, En honor a la verdad, El último samurái, Diamantes de sangre o Shakespeare in love, con la que ganó el Oscar como productor–, pero ahora ha decidido contar una historia urbana y contemporánea que se encuadra en la vieja fórmula de la comedia dramática basada en la personalidad y el encuentro de la pareja protagonista. Fórmula de toda la vida, pero puesta al día, naturalmente, para la ocasión.
Jamie es un joven vendedor, con muy buena presencia y mucha labia para el negocio… y para las chicas. Con lo primero triunfa pero con lo segundo… también. Demasiado, diría yo, lo que le acarrea algún problema serio; por lo que se ve obligado a aceptar, por consejo de su desastroso hermano –que es desastroso pero se considera un triunfador–, un empleo de visitador médico. Es un sector de durísima competencia, en el que hay que desplegar todas las artes de profesionalidad, convicción en el producto y capacidad de persuasión: léase soborno al facultativo y seducción de administrativas y enfermeras. A Jamie se le da mejor un aspecto que otro, pero va tirando. Su caballo de batalla son los antidepresivos, un artículo de digestión masiva en una sociedad como la americana –del norte, of course–, en la que hay más psiquiatras que taberneros. La pelea entre los laboratorios es dura, hasta que de pronto aparece un nuevo fármaco, que no tiene nada que ver pero que va a levantar el ánimo de la población: una pildorilla azul, de fácil consumo y resultados garantizados, por la que los hombres –y también algunas mujeres– pierden la cabeza. Viagra, creo que se llama…
En principio, esto tiene poco que ver con Maggie. Pero resulta que coincide en la consulta del médico con Jamie; por razones distintas: él está –más o menos– trabajando; ella acude a buscar su medicina. Padece la enfermedad de Parkinson, aunque aún en un grado inicial. Maggie podría ser artista, o lo que quisiera: es una chica muy atractiva, inteligente, libre y creativa; pero sabe que su enfermedad va a limitar gravemente su vida, y su principal interés es vivirla intensamente mientras pueda.
Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway son la pareja protagonista, y por ahí anda también un rosario de estupendos secundarios como Hank Azaria, Oliver Platt, Josh Gad y Katheryn Winnick –la novia de Seeley Booth en Bones–, además de George Segal y Jill Clayburgh. Los cito porque Amor y otras drogas es, sobre todo, una película de actores. Edward Zwick ha descargado el peso del guión en sus intérpretes, y ha acertado: el texto es dinámico, divertido, profundo y dramático cuando lo requiere y se reparte equilibradamente para su lucimiento. El conductor es Jamie, esta especie de donjuán alocado y bastante egoísta; pero pronto aparecerá Maggie para ponerle el mundo al revés, hacerle madurar y enseñarle el amor. Claro que es sin querer, porque Maggie y Jamie, cada uno por su lado, tienen un proyecto de vida en el que no cabe el otro. Ella, sobre todo, lo tiene muy claro; y su actitud y su decisión van a tomar las riendas de la historia, que cambia de eje y de sensibilidad: más dramática ahora, aunque sin olvidar del todo algún elemento de comicidad desinhibida y bastante crítica.
Puede que este zigzag de la risa a la casi tristeza hubiera desconcertado al espectador sin la presencia de esta pareja; pero Hathaway y Gyllenhaal –que ya coincidieron en Brokeback Mountain– están estupendos: él es un magnífico actor, uno de los mejores y más completos de su generación, y ella ha dejado definitivamente atrás sus papeles más ñoños y facilillos para demostrar una espléndida madurez –a sus 28 años– y una categoría artística y una fotogenia admirables. Ambos han sido aspirantes a los Globos de Oro y, con toda seguridad, lo serán a los Oscar. Son jóvenes todavía, pero ya les toca.






