“Amador”, la película de Fernando León de Aranoa sobre el valor de una mujer
Muy interesante carrera la de Fernando León: Familia (1996), Barrio (1998), Los lunes al sol (2002) y Princesas (2005), además de un corto inaugural –Sirenas (1994)– y par de documentales: Caminantes (2001) y un segmento del colectivo Invisibles (2007). Títulos cortos, pero intenciones largas; y buenas películas todas ellas.
Amador es tan honda como las demás; habla de la inmigración, de la muerte y de la vida, de la oportunidad y el deber, y también de la ilegalidad y la desvergüenza. Y de la supervivencia. El relato empieza con un prólogo en el que un grupo de hombres, casi todos jóvenes, seguramente todos latinoamericanos, asaltan los contenedores de basura de un cementerio para llevarse las flores más o menos caducas que los empleados han dejado allí. La secuencia es dura y nos introduce –como sucedía en Los lunes al sol– en el argumento principal de la película.
Marcela –Magaly Solier, la actriz-fetiche de Claudia Llosa y protagonista de La teta asustada– es una joven inmigrante que atiende con su compañero un negocio de venta de flores; ilegal, por supuesto, pero al menos de origen menos macabro: compran rosas a granel a distribuidores extranjeros, las guardan en su nevera, las perfuman con aerosoles y las disponen en paquetitos para la venta ambulante. Como es natural, el negocio no da para mucho, así es que Marcela busca otro trabajo, y encuentra la posibilidad de cuidar a un anciano a tiempo completo.
Amador –estupendo Celso Bugallo, como siempre– está prácticamente postrado en la cama y su hija no puede atenderlo; sobre todo, porque le resulta más trascendente su propia familia y más urgente terminar la casa que se está haciendo lejos de la ciudad. Marcela no tiene ninguna cualificación para esa tarea, pero parece buena chica, calladita y bien dispuesta. Tampoco va a cobrar mucho ni a poner pegas a nada: la persona ideal. A Amador no le hace mucha gracia la decisión de su hija ni la persona que han dejado para su cuidado, pero haciendo de la necesidad virtud, poco a poco va admitiendo a la chica. También sabe que no le queda mucho recorrido, y la juventud, la aparente inocencia de Marcela y hasta su capacidad para escuchar y aprender le granjean su simpatía.
Algunas de las sentencias y pensamientos del viejo dejan perpleja a la joven, y también estimulan su reflexión; y más aun cuando ambos se confiesan –o descubren– sus secretos. Pronto se establecerá entre los dos una cierta complicidad, con la sola intromisión de Puri, la puntual cita semanal de Amador, y, más tarde, cuando sobrevuela la tragedia, la del misterioso visitante que no se deja ver.
En esos momentos, Marcela se enfrenta ya al dilema moral más importante de su vida. Fernando León, siempre buen guionista, hace girar toda la narración sobre los débiles hombros de la chica. Que no lo son tanto como parece: ella se enfrenta a una doble, o más bien triple circunstancia, y en cada momento tomará una decisión, todas peligrosas. En ese tramo, la película oscila cada vez más, y cada vez más peligrosamente, entre la objetividad costumbrista –que su director niega en sus películas y en el cine en general, no sé por qué– y la irrealidad casi, casi onírica. Es cierto que hay algunas claves para interpretar lo que se muestra, pero no se harán explícitas hasta el final, cuando todo encaja con una seguridad y una crudeza apabullantes.
Fernando León trata además de aligerar el drama con algunos toques de humor, no sé si muy acertados. En todo caso, Amador es una película un poco titubeante en sus objetivos; sombría y amarga, pero, en conclusión, también esperanzadora: Marcela es una mujer sin patria, nacida para perdedora y, sin embargo, lucha por encontrar su dignidad y su lugar en el mundo, aunque sea a costa de transgredir unas normas que siente que no debe aceptar. Su valor –y el de tantas mujeres como ella– es el auténtico protagonista.
Amador es tan honda como las demás; habla de la inmigración, de la muerte y de la vida, de la oportunidad y el deber, y también de la ilegalidad y la desvergüenza. Y de la supervivencia. El relato empieza con un prólogo en el que un grupo de hombres, casi todos jóvenes, seguramente todos latinoamericanos, asaltan los contenedores de basura de un cementerio para llevarse las flores más o menos caducas que los empleados han dejado allí. La secuencia es dura y nos introduce –como sucedía en Los lunes al sol- en el argumento principal de la película.
Marcela –Magaly Solier, la actriz-fetiche de Claudia Llosa y protagonista de La teta asustada- es una joven inmigrante que atiende con su compañero un negocio de venta de flores; ilegal, por supuesto, pero al menos de origen menos macabro: compran rosas a granel a distribuidores extranjeros, las guardan en su nevera, las perfuman con aerosoles y las disponen en paquetitos para la venta ambulante. Como es natural, el negocio no da para mucho, así es que Marcela busca otro trabajo, y encuentra la posibilidad de cuidar a un anciano a tiempo completo.
Amador –estupendo Celso Bugallo, como siempre- está prácticamente postrado en la cama y su hija no puede atenderlo; sobre todo, porque le resulta más trascendente su propia familia y más urgente terminar la casa que se está haciendo lejos de la ciudad. Marcela no tiene ninguna cualificación para esa tarea, pero parece buena chica, calladita y bien dispuesta. Tampoco va a cobrar mucho ni a poner pegas a nada: la persona ideal. A Amador no le hace mucha gracia la decisión de su hija ni la persona que han dejado para su cuidado, pero haciendo de la necesidad virtud, poco a poco va admitiendo a la chica. También sabe que no le queda mucho recorrido, y la juventud, la aparente inocencia de Marcela y hasta su capacidad para escuchar y aprender le granjean su simpatía.
Algunas de las sentencias y pensamientos del viejo dejan perpleja a la joven, y también estimulan su reflexión; y más aun cuando ambos se confiesan –o descubren- sus secretos. Pronto se establecerá entre los dos una cierta complicidad, con la sola intromisión de Puri, la puntual cita semanal de Amador, y, más tarde, cuando sobrevuela la tragedia, la del misterioso visitante que no se deja ver.
En esos momentos, Marcela se enfrenta ya al dilema moral más importante de su vida. Fernando León, siempre buen guionista, hace girar toda la narración sobre los débiles hombros de la chica. Que no lo son tanto como parece: ella se enfrenta a una doble, o más bien triple circunstancia, y en cada momento tomará una decisión, todas peligrosas. En ese tramo, la película oscila cada vez más, y cada vez más peligrosamente, entre la objetividad costumbrista –que su director niega en sus películas y en el cine en general, no sé por qué- y la irrealidad casi, casi onírica. Es cierto que hay algunas claves para interpretar lo que se muestra, pero no se harán explícitas hasta el final, cuando todo encaja con una seguridad y una crudeza apabullantes.
Fernando León trata además de aligerar el drama con algunos toques de humor, no sé si muy acertados. En todo caso, Amador es una película un poco titubeante en sus objetivos; sombría y amarga, pero, en conclusión, también esperanzadora: Marcela es una mujer sin patria, nacida para perdedora y, sin embargo, lucha por encontrar su dignidad y su lugar en el mundo, aunque sea a costa de transgredir unas normas que siente que no debe aceptar. Su valor –y el de tantas mujeres como ella- es el auténtico protagonista.






