“Hanna”, el invencible instrumento para una venganza aplazada
Aún no tiene 40 años, pero Joe Wright se cuenta ya entre los más interesantes directores británicos de la nueva hornada. Tras su paso por televisión, debutó en el cine en 2005 con una versión muy atractiva de Orgullo y prejuicio –la que protagonizó Keira Knightley–; después hizo Expiación (2007) y la relativamente fallida El solista (2009). A la luz de lo visto, el cine de Wright adolece de una cierta tendencia al exceso, bien argumental, bien sentimental; aunque ello redunda en un evidente rasgo de autoría y en un sello personal nada desdeñable.
En Expiación, precisamente, Joe Wright descubrió a Saoirse Ronan cuando tenía doce años; cuatro más tarde vuelven a encontrarse y la chica ya no es aquella niña –poco inocente, es verdad–, sino una jovencita dotada de la fuerza de un terremoto; en la pantalla, me refiero: Hanna ha sido criada por su padre entre las nieves perpetuas de la tundra polar, sin otra compañía humana y sin más instrucción que cuatro nociones elementales y, eso sí, el manejo de toda clase de armas. Es una infalible cazadora, tiene la fuerza de un luchador profesional y dispara con la destreza del mejor soldado; se ha convertido, aunque ella aún no lo sabe, en un invencible instrumento para una venganza aplazada.
En un preciso momento, su vida cambiará radicalmente: Hanna toma la decisión que hace saltar todas las alarmas; una opaca organización se va a poner en movimiento y toda su habilidad y su experiencia se verán puestas a prueba cuando se vea atacada y perseguida por los sicarios de la malvada Marissa Wiegler, que tratarán de descubrir su secreto y eliminarla luego. De cazadora pasará a convertirse en prisionera y en vez de ir sigilosa tras su pieza, habrá de correr sin descanso para mantenerse a salvo.
Nuevamente, la capacidad de empatía de Wright con el espectador se pone a prueba: la acción es trepidante, pero tan extraordinaria que roza la fantasía y en muchos momentos parece caer en un mundo onírico, con toques surrealistas que se dirían sacados de Twin Peaks; hay que hacer el esfuerzo de dejarse atrapar por la peripecia de la protagonista, por el ritmo incesante y por la desbordante banda sonora de The Chemical Brothers –que eso Wright lo hace muy bien, recordemos el inicio de Expiación, con la música de Dario Marianelli integrada en la imagen–; entonces el apabullante espectáculo visual se despliega en todo su poderío.
Y vemos, entre el suspense violento y la sonrisa cómplice, como Hanna, en un viaje desesperado que la lleva a atravesar medio continente, desde del norte de África hasta Berlín, afrontará peligros mortales, recorrerá paisajes de pesadilla –como una auténtica Alicia en el país de las… calamidades– y vivirá momentos de duda y dolor. Su padre y sus amigos, la cruel Melissa y sus hombres, la irán desvelando poco a poco –y con ella al espectador– las claves de su pasado desconocido y su azaroso presente; el futuro, entre unos y otros, se presenta bastante negro para la chica.
Eric Bana explica con dos gestos y cuatro palabras su personaje; no le hace falta más. Cate Blanchett compone una perversa de tebeo, cerca de la estética pop, y da verdadero miedo; sobre todo cuando se pone cariñosa: como debe ser. Tom Hollander lleva al extremo su composición de asesino profesional homosexual, tan incansable como hortera; supongo que con el beneplácito de todos. Y Saoirse Ronan –acostumbrada ya a papeles de mucho sufrimiento, pese a su juventud–, está sensacional.
Corre como la Lola de Tykwer, se escapa como Bourne, cree soñar como la Alicia de Burton y las reúne a todas y las supera enfrentándose al objetivo con una frescura y una fotogenia que desarman. Sin ella no habría película; y tampoco, claro, sin la fuerza y el estilo de Joe Wright, que orquesta esta representación que tiene del musical, del “horror-show”, del suspense y de la comedia feroz: un cóctel sabiamente mezclado con gusto a cine verdadero.






