X-Men: primera generación, una película con poca inventiva
Matthew Vaughn es el responsable –entre otras lindezas como Stardust– de la horripilante Kick-Ass; de la que, por cierto, se anuncia ya una segunda parte. De momento, ahora cuenta aquí el origen de los superhéroes mutantes; historia, como se ve, escrita por un tropel de guionistas y producida también por abundante nómina de negociantes; todo bajo la batuta de Bryan Singer, capo general de la franquicia. Que es lo que el cine americano –el de consumo masivo, me refiero– sabe hacer. Sólo basta repasar la cartelera presente –y futura– para comprobarlo: a las recientes Scream 4, Fast and furious 5 y Piratas del Caribe 4, se unirán próximamente Kung Fu Panda 2, El gato con botas –el de Shrek–, Spy Kids 4, otra vez El planeta de los simios, los nuevos Batman y Bourne, más Transformers, otra trilogía Millennium… y hasta el Resacón en Las Vegas 2 que ya triunfa en las taquillas americanas. Vengan guionistas, pero ¿para qué inventar?
Esta ¿nueva? X-Men relata, como decía, la aparición de los primeros mutantes; tras un prólogo en los años 40, que nos permite conocer la muy diferente infancia de los protagonistas, pasamos a los 60, con la “guerra fría” como telón de fondo. Patrick Stewart e Ian McKellen ceden sus personajes a James McAvoy y Michael Fassbender, que son Charles Xavier–Profesor X y Erik Lehnsherr-Magneto. Son unos treintañeros que se conocen en difíciles circunstancias: Charles le salva la vida a Erik y ambos, conscientes de sus extraordinarios poderes, inician el reclutamiento de otros jóvenes mutantes con el fin de ayudarlos a controlar sus sobrehumanas capacidades.
Pero su afinidad acaba ahí: mientras Charles quiere dedicarse a resolver la difícil situación planetaria, Erik sólo desea vengarse de su penosa niñez y hacérselo pagar caro a todo el mundo, para qué hacer distingos. Eso los convertirá en enemigos, pero más adelante; todavía no. En el presente todos tienen un adversario común: el archimaluto Sebastian Shaw, un mutante tan perverso que es el responsable –ahora lo sabemos– de provocar crisis históricas que podían habernos convertido a todos en polvo de estrellas por el estallido de una guerra nuclear. Y lleva con él a una señora estupenda y nada frágil, aunque esté hecha de cristales, y a un mortífero tío colorado, con rabo y cuernos; para que luego digan que el demonio no existe.
Como éste es el cuento que da comienzo a lo que ya conocemos, hay poco espacio para las sorpresas. De todas formas, la narración no empieza mal y las primeras secuencias contienen interés y diversión –todavía asoma un agradecido sentido del humor–, con el desconcierto de la CIA ante los fenómenos y el inicio de la relación entre ellos. Luego la cosa se va estancando, con la anodina búsqueda de otros semejantes y el barullo que se forma entre rusos, americanos y mutantes malos y buenos. Todo atravesado sin cesar por una banda sonora efectista y tan cargante que termina por abrumar y aburrir.
Esa es la tónica general de la película, un apabullante exceso de acontecimientos –no siempre bien encadenados–, sonido atronador, efectos visuales de la tropa mutante –que sólo sorprenden la primera vez–, superlativas batallas digitales por tierra, mar y aire, y al lado de todo eso un relato que se hace cada vez más plano, con una duración más que exagerada y un interés narrativo decadente. Eso a pesar de los cameos de Lobezno y Kennedy –el presidente– y del afán de los guionistas por dejar todas las piezas encajadas en lo que será el futuro de los personajes. El que ya conocemos, por partida triple o así. El espectáculo no es apasionante –para mí, al menos–, aunque resulte hasta aceptable dentro de sus márgenes: los de la historieta, en pantalla grande, a todo color y a pleno pulmón. En resumen, un rimbombante cuento infantil, tan prescindible como olvidable.

La precuela de las aventuras sobre los mutantes más conocidos del planeta se…






