Pequeñas mentiras sin importancia, una cinta que interesa y divierte
Guillaume Canet es un conocido actor francés de 38 años, con más de cuarenta títulos, entre cine y televisión –lo veremos en la nueva versión de La guerra de los botones de Christophe Barratier– y una más corta carrera como director: éste es su tercer largo; con el que ha conseguido, eso sí, un taquillazo en su país: más de cinco millones de franceses han visto esta película.
Max –François Cluzet, extraordinario actor– invita todos los años a sus amigos a pasar dos semanas de vacaciones en su casa de la playa. Aunque en esta ocasión Ludo, quizá uno de los más animados, ha sufrido un grave accidente, los demás, tras algunas apenadas resistencias, y pensando que está bien atendido y que no pueden hacer más por él, deciden seguir adelante con el plan. No es la única ausencia: Marie –Marion Cotillard, la más rutilante estrella del actual cine francés– se ha dejado en París a su último amante, y a Éric y a Antoine, sus novias les acaban de plantar, dejándolos solos y en un desconcierto bastante patético.
Los presentes son suficientes, sin embargo, para llenar la casa de Max; un espectacular chalet al borde del mar en el que, evidentemente, todos se sienten como si fuera suyo. No en balde Canet ensayó allí con sus actores hasta hacer que se familiarizaran con la casa y todos sus elementos. Ese trabajo, además, permite que un guión bien aprendido explique en pocas secuencias y algunas palabras más la personalidad de cada cual y las relaciones, explícitas o subterráneas, que mantienen entre sí. Todos capitaneados, desde luego, por su anfitrión, un hombre rico y generoso, pero también bastante neurótico, acaparador y, en el fondo, un poco egoísta.
El esquema no es muy original: una decena de personas reunidas, casi encerradas, en un único espacio; no importa el horizonte infinito del mar ni las idas y venidas de los personajes; en realidad, la casa funciona como un escenario único –es casi otro protagonista– y allí sucede lo más importante, en la discreción de las habitaciones –más o menos– o congregados todos en torno a la mesa. Así vamos conociendo la vida de estas personas, de la más alegre a la más dolorosa, pasando por una completa exposición del amor, la soledad, el desconcierto y el temor al futuro, además de la propia amistad, ciertamente, y de sus pruebas; alguna verdaderamente inesperada y hasta incómoda.
Que no surge de repente, por arte de magia. Lo mejor de este relato es que los personajes están muy bien construidos, cada uno con su historia detrás, con una evolución que ahora vemos y comprendemos según se desenreda el entramado de situaciones divertidas, apasionadas, conmovedoras o absurdas que se nos muestran. Canet confiesa los rasgos autobiográficos del argumento, pero no hace falta; sus protagonistas –que lo son todos por igual– son tan reconocibles y verdaderos que esta reunión se parece mucho a la que podamos tener cualquiera de nosotros con nuestros propios amigos.
Claro que hace falta encontrar un reparto de excelentes intérpretes que ponga todo eso en la pantalla y lo haga funcionar. Marion Cotillard y François Cluzet; y Benoît Magimel, Jean Dujardin y Gilles Lellouche, y todos los demás, están sencillamente soberbios, calculadamente espontáneos y creíbles; gracias a ellos y a la agilidad de la puesta en escena de su director, la película trasciende su cotidianeidad para adentrarse en el terreno del arte.
Sí que hay también algún reparo, desde esta misma falta de originalidad inicial –la historia de treintañeros enfrentados al miedo a la vida– hasta la inclusión abrumadora de canciones, recurso expresivo que detesto; quizá también la excesiva duración… Pero no empañan la nota final de esta estupenda película coral, que te interesa y te divierte, y te lleva de la sonrisa a la emoción con las vidas de estos amigos y el retrato de sus aspiraciones, sus dudas, sus certezas y sus engaños: esas pequeñas –y medianas– mentiras que cuentan a los demás y que ellos mismos –y tú y yo– necesitamos creernos para sobrevivir.






