“Midnight in Paris”, el mejor Woody Allen
Midnight in Paris ha abierto el festival de Cannes y es una nueva película “española” de Woody Allen; financiada, quiero decir, con dineros de Mediapro, dentro del lote firmado entre Jaume Roures y Allen. También es otra película “europea” del maestro neoyorkino –la siguiente es en Roma– y la que hace el número cuarenta y tres –con más de sesenta como guionista– en su filmografía. Que no hace falta repasar y que cumple, caso único en la historia, esa norma de estrenar cada año; no es cosa de estos últimos tiempos; es que su debut fue en 1966, así es que la cuenta es bien fácil.
En cualquier caso, las andanzas por el viejo continente han llevado a Woody Allen a París. Si en su genial Todos dicen I love you aparecía la capital francesa en una secuencia llena de encanto, ahora Allen se ha entregado a una completa declaración de amor personal a la ciudad, a sus calles y rincones, a su atmósfera y su clima, a sus habitantes y a su historia. Sin olvidar, naturalmente, los temas que le son más queridos y que caracterizan sus argumentos, en cualquier lugar que transcurran y con cualquier intérprete que los represente. Aquí, por ejemplo, entregando su “alter ego” nada menos que a Owen Wilson.
Él es Gil, un joven guionista de Hollywood; pese a haber conseguido bastante éxito, no se conforma y quiere escribir una novela. Está en París con su novia y los padres de ésta que, no hace falta decirlo, son ese matrimonio americano que a Allen le encanta ridiculizar. Gil está bastante incómodo, recela del futuro que le aguarda y hasta el viaje parece aguársele del todo cuando coinciden con otra pareja, unos amigos de su novia, que se les pegan –sobre todo él– y que resultan –sobre todo él, ya digo– un modelo de pesadez, inoportunidad y pedantería.
Gil está prendado de París y prefiere recorrer sus calles y sus cafés, paseando solitario en la noche. Hasta que se pierde, como era de esperar, y, aturdido y cansado, se sienta en una esquina esperando que pase un taxi libre. Y en ese momento dan las doce, y aparece un coche: un viejo taxi, un peugeot de aquellos negros, de capota rígida, escapado de los años veinte. No viene vacío, pero sus ocupantes mandan parar el coche al ver a Gil y lo invitan a subir y a ir con ellos a una fiesta. El hombre entra en el taxi y, por arte de magia, entra en el pasado.
Sus anfitriones son Scott Fitgerald y Hemingway y en la fiesta está tocando Cole Porter, y luego irán a casa de Gertrude Stein, que se brindará a aconsejar al novelista en ciernes, y allí conocerá a Picasso y a Man Ray y al auténtico Dalí, obsesionado con los rinocerontes. Luego llegará el día, el hechizo se romperá y Gil tendrá que atravesar su penosa existencia antes de saber si otra vez, con el embrujo de las campanadas de medianoche, volverá a vivir su cuento de hadas y podrá conocer a T. S. Eliot, a Josephine Baker, a Belmonte y a Buñuel. Y a María, que puede ser quien le descubra el auténtico amor. O no…
Como en La rosa púrpura de El Cairo, como en Sueños de un seductor o Scoop o Zelig, Allen hace ir a sus personajes de la realidad a la fantasía –y viceversa–, dotando a sus imágenes del más auténtico sentido de la poesía; ha ido, además, depurando o, por mejor decir, modificando su estilo, hasta convertir su narración en un ejemplo de ligereza y sencillez, combinándolas con el más estricto rigor en la planificación y el montaje. En Midnight in Paris no falta ni sobra nada: cada plano, cada movimiento de cámara, cada sugerencia en el guión y cada elipsis sirve para dar vida a sus personajes, para azuzar la imaginación y para entretener y divertir al espectador. La película, además, está llena de hallazgos visuales y, cómo no, verbales; pero sobre todo contiene esa pasión por París que es, en realidad, mucho más: es la pasión por la cultura, por la historia, por el propio cine, sin dejarse enredar en las trampas de la nostalgia simplona y apostando por la sinceridad, el amor verdadero, el futuro pluscuamperfecto y la alegría.






