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Necesita más pasión e ilusión

A la película “Agua para elefantes” le falta un poquito de más imaginación

Por Josemanuel Escribano, 13 de mayo de 2011

Siempre he sostenido –si se me permite iniciar esta crónica con una reflexión personal– que el cine es una lata… de Cocacola. Las películas, quiero decir: como un producto industrial más, se elaboran en las fábricas; después se distribuyen por todo el país, o todo un continente, o todo el mundo si es posible; y por último se ponen a disposición del público para su consumo masivo. La diferencia con el refresco –que debería saber siempre igual– es que cada película es única y distinta, es un prototipo cuya eficacia comercial está siempre por demostrar. A veces la fábrica produce obras de arte; en otras ocasiones –la mayoría–, no. Pero esto es otra historia, distinta al rédito del negocio.

Viene a cuento este preámbulo para explicar por qué las grandes fábricas americanas producen, y cada vez más distribuyen también, películas como esta Agua para elefantes, un claro ejemplo de cómo funciona la fórmula no tan mágica del comercio cinematográfico. Primero se busca una novela de aceptable éxito popular, como la precedente de la escritora Sara Gruen; se encarga la adaptación a un buen guionista: Richard LaGravenese, autor de Los puentes de Madison y El rey pescador, luego se compone un reparto atractivo para la cartelera –Robert Pattinson, el protagonista de la serie Crepúsculo; Christoph Waltz, el malvado coronel nazi de Malditos bastardos, y la atractiva Reese Witherspoon–, y se cede la coctelera a un director joven y con nervio, curtido en los vídeos musicales o en encargos como Constantine o Soy leyenda.

El resultado debería ser digerible. Además, esta historia se ambienta en el mundo del circo, un universo que ha dado al cine americano títulos importantes y taquilleros como El fabuloso mundo del circo, Trapecio o El mayor espectáculo del mundo –que ganó dos Oscar en 1953: película y guión, precisamente–. Y transcurre en unos momentos muy adecuados a la eterna indigencia del antiguo y ambulante ceremonial circense.

América, primeros años 30. Jacob es un joven a punto de terminar su carrera de veterinario. Alcanzado por un desgraciado accidente y abatido por la depresión que arrasa el país, se marcha de su pueblo y coincide, por casualidad, con la trayectoria del Circo Benzini. Quiero decir, que se cuela, sin pretenderlo, en el tren que transporta  equipamiento, animales y artistas. El Circo Benzini es como se estilaba entonces: músicos, equilibristas, payasos, fenómenos de la naturaleza y fieras.

Las fieras son un poco de tercera categoría, pero todo el espectáculo es igual de decadente y miserable. Sobre todo por parte de August, el malvado propietario, auténtico amo y señor de instalaciones y personas; y también dueño, al parecer, de su dulce y guapa esposa, la domadora de caballos y estrella del programa. Los conocimientos de veterinaria de Jacob le dan, al final, la posibilidad de quedarse a trabajar en el circo; y parece que todo puede ir bien, hasta que sucede lo inevitable: cuando entre el educado y atractivo joven y la maltratada y temerosa domadora salta la chispa del amor, bajo la carpa estallará una auténtica tempestad de celos, pasión y violencia.

Pero no tanta como para asustar al espectador; todo es bastante previsible y no hay lugar para un posible suspense, que queda imposibilitado desde la primera secuencia de la película. Lo que sí hay es bastante oficio para resolver los momentos de mayor tensión y para que se note menos la escasa entidad de los personajes: Christoph Waltz repite los tics de malvado que popularizó con Tarantino; Reese Witherspoon –con una imagen tan retocada que no parece ella–, no consigue apasionar, y Robert Pattinson no nos hace olvidar que hace diez minutos era un vampiro más frío que un témpano. Y él es el mejor resumen de la película: no es que nada esté rematadamente mal en la fórmula; es que el “mayor espectáculo del mundo” necesita más pasión, más ilusión y un poquito más de imaginación.

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