“No tengas miedo”, la denuncia de los abusos sexuales
Se ha hecho esperar la nueva película de Montxo Armendáriz: seis largos años desde Obaba. Claro que el director navarro no se prodiga nunca mucho; tan sólo ha hecho 8 películas entre Tasio (1984) y ésta. Eso sí, todas interesantes y algunas francamente magistrales: 27 horas, Las cartas de Alou, Historias del Kronen, Secretos del corazón, Silencio roto…
Armendáriz suele plantear en sus argumentos la indagación de la verdad, la ruptura de muros de apariencias y de sombras de engaños, la liberación del peso de culpas y secretos, a veces gozosa, a veces imposible. No tengas miedo es, seguramente, su película más difícil, más dolorosa y también más decidida y más valiente. Habla de una situación, de un hecho sumamente penoso y complicado; quizá el más sombrío, el más oculto y el más dañino que las personas se puedan provocar.
Silvia es una nena de seis o siete años. Va al colegio, se divierte con sus amiguitos, regresa a casa con sus padres. Su madre anda por ahí, pero su padre está con ella, juega con ella… Algunos juegos Silvia no los entiende bien, pero su padre le dice: “No tengas miedo”… Y ella confía y cierra los ojos. Y su madre también cierra los ojos, aunque de otra manera, cuando ve a Silvia practicando con sus muñecos juegos imposibles, increíbles, insoportables.
Y pasa el tiempo sobre la familia; algunas cosas cambian, otras no. Silvia es una muchacha retraída, roza la anorexia, tiene graves problemas para relacionarse y sólo encuentra refugio en la música de su inseparable violonchelo y en la compañía de su amiga Maite; crecen juntas y se conocen mejor que nadie, pero sus vidas no son iguales. El problema de Silvia no lo cura la amistad, ni la terapia psicológica ni, por supuesto, la ignorancia culpable y la cómoda ausencia de la madre. El problema sigue en casa, agazapado en la oscuridad de su habitación, disfrazado de cariño, escondido ante el mundo bajo capas de soledad, miedo y resignación.
Montxo Armendáriz se acerca a la vida de Silvia, a la vida de tantas mujeres, tantas niñas y niños que sufren abusos sexuales –llamémoslo ya por su nombre- a manos de los adultos, generalmente los más cercanos, a veces en el mismo seno familiar. Coloca el objetivo junto a la muchacha, la sigue cámara en mano en largos planos-secuencia, penetra en su atmósfera atormentada y luego elude con estudiadas y dramáticas elipsis los momentos más duros, así como los tiempos que jalonan la evolución de la protagonista. El espectador recompone fácilmente esos tiempos en su retina, a la vez que asimila el dolor, el horror y la pelea de la joven por recuperar su integridad, su estima y su libertad.
El relato se jalona, además, con insertos de declaraciones de personas que han vivido casos semejantes; adultos que apenas pueden olvidar y perdonar –incluso a sí mismos- una niñez o una juventud marcada por la manipulación y la humillación. Pero no perdemos de vista a Silvia, al contrario: todo se ensambla perfectamente en su historia, consiguiendo una progresión narrativa y dramática que parece no encontrar la luz final.
Michelle Jenner –junto con las niñas Irene Cervantes e Irantzu Erro- da vida a la protagonista, en un trabajo arriesgadísimo que resuelve a la perfección. Y otro tanto cabría decir de Lluís Homar –hay que alabar su valentía y su esfuerzo para cargar con el papel más desagradecido de su historia- y Belén Rueda, seguramente en su mejor interpretación hasta la fecha. Todos se pliegan a la intensidad del relato, pero también a la elegancia y al respeto que Armendáriz ha sabido mostrar en ese tono documental con tan formidable poder de sugerencia que evita el morbo y la vulgaridad. No se puede frivolizar con sus imágenes porque esta película es más que una película; es una denuncia y una crónica de unos hechos que nunca, nunca, deberían suceder.






