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La película más difícil y dolorosa de Montxo Armendáriz

“No tengas miedo”, la denuncia de los abusos sexuales

Por Josemanuel Escribano, 07 de mayo de 2011

Se ha hecho esperar la nueva película de Montxo Armendáriz: seis largos años desde Obaba. Claro que el director navarro no se prodiga nunca mucho; tan sólo ha hecho 8 películas entre Tasio (1984) y ésta. Eso sí, todas interesantes y algunas francamente magistrales: 27 horas, Las cartas de Alou, Historias del Kronen, Secretos del corazón, Silencio roto

Armendáriz suele plantear en sus argumentos la indagación de la verdad, la ruptura de muros de apariencias y de sombras de engaños, la liberación del peso de culpas y secretos, a veces gozosa, a veces imposible. No tengas miedo es, seguramente, su película más difícil, más dolorosa y también más decidida y más valiente. Habla de una situación, de un hecho sumamente penoso y complicado; quizá el más sombrío, el más oculto y el más dañino que las personas se puedan provocar.

Silvia es una nena de seis o siete años. Va al colegio, se divierte con sus amiguitos, regresa a casa con sus padres. Su madre anda por ahí, pero su padre está con ella, juega con ella… Algunos juegos Silvia no los entiende bien, pero su padre le dice: “No tengas miedo”… Y ella confía y cierra los ojos. Y su madre también cierra los ojos, aunque de otra manera, cuando ve a Silvia practicando con sus muñecos juegos imposibles, increíbles, insoportables.

Y pasa el tiempo sobre la familia; algunas cosas cambian, otras no. Silvia es una muchacha retraída, roza la anorexia, tiene graves problemas para relacionarse y sólo encuentra refugio en la música de su inseparable violonchelo y en la compañía de su amiga Maite; crecen juntas y se conocen mejor que nadie, pero sus vidas no son iguales. El problema de Silvia no lo cura la amistad, ni la terapia psicológica ni, por supuesto, la ignorancia culpable y la cómoda ausencia de la madre. El problema sigue en casa, agazapado en la oscuridad de su habitación, disfrazado de cariño, escondido ante el mundo bajo capas de soledad, miedo y resignación.

Montxo Armendáriz se acerca a la vida de Silvia, a la vida de tantas mujeres, tantas niñas y niños que sufren abusos sexuales –llamémoslo ya por su nombre- a manos de los adultos, generalmente los más cercanos, a veces en el mismo seno familiar. Coloca el objetivo junto a la muchacha, la sigue cámara en mano en largos planos-secuencia, penetra en su atmósfera atormentada y luego elude con estudiadas y dramáticas elipsis los momentos más duros, así como los tiempos que jalonan la evolución de la protagonista. El espectador recompone fácilmente esos tiempos en su retina, a la vez que asimila el dolor, el horror y la pelea de la joven por recuperar su integridad, su estima y su libertad.

El relato se jalona, además, con insertos de declaraciones de personas que han vivido casos semejantes; adultos que apenas pueden olvidar y perdonar –incluso a sí mismos- una niñez o una juventud marcada por la manipulación y la humillación. Pero no perdemos de vista a Silvia, al contrario: todo se ensambla perfectamente en su historia, consiguiendo una progresión narrativa y dramática que parece no encontrar la luz final.

Michelle Jenner –junto con las niñas Irene Cervantes e Irantzu Erro- da vida a la protagonista, en un trabajo arriesgadísimo que resuelve a la perfección. Y otro tanto cabría decir de Lluís Homar –hay que alabar su valentía y su esfuerzo para cargar con el papel más desagradecido de su historia- y Belén Rueda, seguramente en su mejor interpretación hasta la fecha. Todos se pliegan a la intensidad del relato, pero también a la elegancia y al respeto que Armendáriz ha sabido mostrar en ese tono documental con tan formidable poder de sugerencia que evita el morbo y la vulgaridad. No se puede frivolizar con sus imágenes porque esta película es más que una película; es una denuncia y una crónica de unos hechos que nunca, nunca, deberían suceder.

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