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Cómo se descifraron los jeroglíficos

Por Ignacio Monzón, 07 de noviembre de 2010

Ya hemos visto como la “Era de los Cónsules” atrajo la atención de Europa gracias a los tesoros que afluían a los museos y a las colecciones privadas. La curiosidad por Egipto se retroalimentaba continuamente, ya que cuanto más se hablaba de la tierra de los faraones más interés se desarrollaba. Incluso los “simples” viajeros, que recogían la información de los lugares visitados con sus descripciones y dibujos, aportaban su granito de arena. Una ayuda que fue más que bienvenida por la naciente ciencia egiptológica ya que había mucho por conocer. La civilización egipcia había existido durante más de tres mil años y poseía un gran número de peculiaridades, pero los más de mil años de silencio pesaban en su contra. Por ello es justo reconocer que gentes como Caillaud, Forbin, Linan de Bellefonds, Gau, Huyot, Bankes, Barry, Hay, Burton, Hoskins, David Roberts, Lane, Finati o Cronstrand, nombres en gran número olvidados por la historiografía, ayudaron a que la Egiptología haya llegado tan lejos.

No obstante tampoco podemos ignorar el hecho de que las piezas y noticias no acaban de completar el caudal necesario para la investigación. Las esculturas, los templos, las pinturas y las momias eran valiosas por sí mismas, más aún cuando se estudiaba su contexto arqueológico, pero había que “hacerlas hablar”. O explicado de otra forma: existía el problema de las fuentes textuales. Dado que los escritos sobre Egipto y sus costumbres eran de griegos y romanos , la información que aportaban era parcial y muy tardía. ¿Qué era lo que querían decir los habitantes del Nilo cuando plasmaban su escritura en estatuas, estelas y templos? ¿y por qué no siempre los epígrafes se colocaban en lugares visibles?¿era un solo tipo de escritura o existían variantes?. A todas estas preguntas y algunas más ya se habían intentado contestar en los siglos de la llamada Edad Media, pero sin demasiados avances. Los jeroglíficos eran demasiado complejos y no había pautas reconocibles, por lo que se pensó que era un tipo de grafía simbólica y mágica.

El primer paso para el conocimiento de los diferentes tipos de escritura del Antiguo Egipto tuvo que salvar unos escollos importantes. El más conocido y que interesó a eruditos durante siglos fue un documento llamado por algunos como “Corpus Hermeticum” o “Hermética”. Su autor, un mitificado personaje, se hacía llamar Hermes Trimegisto o lo que es lo mismo, Hermes “el tres veces grande”. El dios Hermes, en la mitología helena, era entre otras cosas el patrono de la escritura y por tanto de la llave del conocimiento, asimilándose con el Tot egipcio. En sus textos éste personaje cuya identificación sigue siendo ignorada, proponía una serie de fundamentos y claves para poder leer los textos egipcios.

El problema era la dificultad del manual, que al ser críptico, era enorme. Se explicaba como un filtro que se debía salvar para alcanzar la sabiduría, resumiéndose en el principio de que semejante conocimiento no estaba al alcance de todo y solamente los más dignos podrían llegar a alcanzar el “estado de gracia” necesario. Trimegisto, además, sostenía que los jeroglíficos eran simbólicos y no transmitían información precisa o representaban sonidos, un dato que se tomó muy en serio por parte de los eruditos durante siglos y que los desvió del camino correcto. La magia de este Hermes era falsa y su sapiencia, más que iluminar, arrojó nuevas sombras. Curiosamente algunas de estas creencias se han fosilizado en el tiempo. Hasta el mismo nombre con el que los identificamos alude a algo sagrado. “Jeroglífico” proviene de una evolución de los términos helenos “hierós” –que se podría aproximar a “sagrado o relativo al plano divino”-, y “glyfein” -o “grabar”-.

En el siglo XVII, cuando muchos países europeos sufrían el desencanto de los valores renacentistas, apareció una nueva figura que emborronó aún más las cosas. Athanasius Kircher, jesuita germano y uno de los grandes eruditos de su tiempo se interesó, entre otras cosas, por el mundo del Antiguo Egipto y la supuesta sabiduría trascendental y mágica que encerraba. Pero el material del que disponía no era demasiado bueno y siguiendo los estudios de Fabri de Peiresc, abogó por la interpretación de los jeroglíficos como símbolos místicos que encerraban unos conocimientos primigenios que los hombres habían olvidado.

En su “Oedipus Aegyptiacus” (1653-54) sostenía estas ideas con ejemplos que encontró en las pocas muestras epigráficas que había en Europa por aquel entonces. Su “traducción” de los signos y relieves era tan compleja que hacía su análisis tremendamente subjetivo y con un alto índice de divergencias. Pero lo que sí se puede abogar en su favor fue la enorme aportación que hizo sobre la lengua copta , una evolución de la egipcia que ya en el siglo III de Nuestra Era poseía entidad propia. Su escritura empleaba la grafía helena, pero el idioma podía suponer una pieza muy valiosa en este rompecabezas.

También en el siglo XVII vio la luz Bernard de Montfaucon, aunque vivió a caballo entre el “Siglo de Hierro” y el de “Las Luces” –siglo XVIII–. Con una excelente formación lingüística y filológica como Kircher, se decantó por la posibilidad de que los signos jeroglíficos no fueran completamente simbólicos y poseyeran un valor fonético. Para ello propuso que para avanzar en la investigación era necesario encontrar un texto bilingüe, adelantándose en ochenta años al descubrimiento de la Piedra Rosetta. Siguiendo esta estela otros autores como William Waburton sugirieron el valor fonético de los signos y JeanJacques Berthélemy descubrió que los símbolos encerrados en los cartuchos consistían en nombre y títulos. Por su parte el danés Georg Zoëga, en base a los obeliscos, elaboró una lista con todos los signos reconocibles, los cuales ya habían sido agrupados en conjuntos de diferente valor.

Con esta breve exposición se ha podido ver el comienzo de un lento proceso que, gracias a la reapertura del mundo egipcio con el cambio de siglo –simbolizado por la expedición napoleónica–, dio sus pasos hacia un estado más serio, documentado y científico. Pero claro está, lo mejor estaba por llegar.

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