Pruebas con LSD para “lavar cerebros”
La Guerra Fría desató las más bajas pasiones en el mundo. Unas imágenes dejaron alucinados a los servicios secretos occidentales. Unos prisioneros norteamericanos retenidos en Corea hicieron unas declaraciones dramáticas en las que confesaban crímenes horripilantes y pedían al gobierno de Estados Unidos que se rindiera.
La CIA norteamericana y el MI6 británico coincidieron en interpretar que a los soldados se les había aplicado alguna técnica de “lavado de cerebro”. Como los coreanos no disponían de los medios y la capacidad necesarios para llevarla a cabo, ambos servicios coincidieron en señalar a Rusia –su gran enemigo– como la potencia que había conseguido el eterno sueño de controlar la mente humana. Frente a ello, sólo les quedaba ponerse a investigar.
En Estados Unidos el tema se les fue de la mano. Montaron varias operaciones secretas –la más conocida es MK Ultra– que costaron la vida a decenas de personas –posiblemente cientos– y dejaron destrozadas a otras muchas.
El servicio secreto inglés también llevó a cabo sus propios experimentos, aunque mucho más controlados y limitados. Se efectuaron entre los años 1952 y 1954. Bajo la cobertura engañosa de llevar a cabo unas pruebas con medicamentos para curar el resfriado común, pidieron voluntarios entre sus militares. Se les pagaba una cantidad de dinero para que tomaran la supuesta medicina y para analizar sus efectos. Todavía no había llegado la moda hippy del LSD, pero esa era la sustancia que se les daba en un pequeño vaso o mezclada con un terrón de azúcar.
“Las paredes se derretían”
Eric Gow, un técnico de radio de la Royal Navy, reconoció posteriormente que sufrió visiones alucinógenas y su cerebro dejó de funcionar con normalidad: “De repente, no podía sumar números de tres cifras”.
Meses después, llegó otro militar, Don Webb, que de inmediato vio “cómo se derretían las paredes, aparecían grietas en las caras de la gente, se podían ver sus calaveras y los ojos se caían hacia las mejillas, el tipo de caras de Salvador Dalí”.
El tercer hombre con el que se experimentó fue Derek Channnon, un marinero que vio tigres saltando desde la pared: “estaba sentado en una habitación oscura y era como si hubiera un caleidoscopio en la pared. Pude ver tigres saltando y Dios sabe qué otras cosas más. Era como una película en 3D. Fue real, estaba muy asustado. Nunca lo olvidaré”.
Posiblemente, hubo otros casos que no llegaron a conocerse. El MI6 británico, a diferencia de sus colegas de la CIA, no vio claro los resultados de los experimentos con sus conejillos de indias y pararon las pruebas. Temieron que el ácido pudiera producir tendencias suicidas.






