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Por Ignacio Monzón, 25 de agosto de 2010

Tradicionalmente, en la primera mitad del siglo XX sobre todo, se había sostenido de una forma un tanto manida que la llegada de los romanos había sido una especie de vademécum cultural: a la Iberia prerromana y en ocasiones retratada como “atrasada” se la integraba en el mundo gracias al poder extranjero del Lacio.

Incluso cuando se defendían a los puntales de la defensa indígena, identificándoles de forma anacrónica como una especie de héroes españoles –Viriato, Indíbil o Mandonio–, era la lucha de David contra Goliat. Aunque es cierto que los romanos, en cuestiones técnicas y científicas aportaron un enorme caudal, las cosas debían ser matizadas y contextualizas, pues no todo es Blanco y Negro en la vida –pocas cosas lo son– y la misma Iberia comprendía realidades muy diferentes entre sí en cuanto a nivel de desarrollo. Pero no fue hasta los años 70 del siglo XX cuando se inició, en la historiografía española, una nueva manera de entender el fenómeno de la romanización como algo mucho más complejo, menos impositivo y sobre todo creador de fenómenos híbridos, algo –extensible a otras culturas y lugares– que ahora nos puede parecer obvio, pero que no siempre se ha visto ni se ve así. Una de las responsables de este cambio fue la antigua ciudad de Carmona, en la actual provincia de Sevilla. Su ubicación estratégica, en un punto especialmente fértil y perfectamente defendible en el valle del Guadalquivir –el Betis de los romanos que dio nombre a la provincia– la convirtió en tiempos prerromanos en un enclave de importancia. Los púnicos, en el siglo III a. C., se dieron cuenta enseguida, dotando a la población de poderosas defensas, como es buen ejemplo la Puerta de Sevilla, que hoy día es un mosaico de fases constructivas: púnica, romana, musulmana, cristiana, etc.

Otro hallazgo fruto del azar

El yacimiento, como tantos otros, vio la luz de forma casual. Unos trabajos de explanación de la zona del Quemadero empezaron a sacar a la luz restos que llamaron la atención de los operarios. Corría el año de 1868, la fecha de “La Gloriosa”, la revolución española que destronó a Isabel II e inició el Sexenio Democrático, pero también era el año en el que la actual sede del Museo Arqueológico Nacional comenzaba a construirse. A pesar de la convulsión política los intelectuales del momento  en la misma Carmona mostraron pronto su interés ya que España no era ajena por el interés científico que se apreciaba en Europa. Luis Reyes, habitante de la localidad, comenzó a excavar con ánimo de lucro, vendiendo una gran cantidad de piezas que empezaron a formar buenas colecciones privadas. A pesar de que esto puede parecer un escándalo –y eso que sigue pasando a día de hoy con más impunidad de lo que se cree– semejantes transacciones ayudaron a difundir el yacimiento.

De hecho dos de las personas que más empezaron a mostrar interés fueron los hermanos Juan y Manuel Fernández López y el reverendo Sebastián Gómez Muñiz también de Carmona, compradores de parte de las piezas pero bien relacionados con los círculos intelectuales hispalenses. En 1874, durante la Primera República, personalidades como Mateos Gago también poseían objetos salidos del enorme número de sepulcros que contenía el camposanto antiguo. Existe una cierta ironía histórica en el hecho de que estos muestrarios, que tan pocos disfrutaban, acabaron siendo el núcleo de los fondos de algunos museos. Hay quién llamaría a esto justicia.

Un paso hacia el estudio científico
    
Los trabajos científicos como tales, que no sólo se encaminaban a la búsqueda de objetos, comenzaron de la mano de un extranjero mencionado en otro serial: Jorge Bonsor. De origen francés pero con nacionalidad británica llegó a Sevilla en 1879 y posteriormente se trasladó a vivir a Carmona en 1881 donde pronto contactó con los responsables de los trabajos en la necrópolis. Su interés por el lugar fue inmediato y junto con Juan Fernández López compró varias de las parcelas que ocupaban el yacimiento. Se organizaron nuevas excavaciones, con Luis Reyes como capataz, el cual moriría trabajando en el lugar después de varias décadas.

Desde ese momento los trabajos arqueológicos fueron continuos y sacaron a la luz algunas de las mejores sepulturas –como la “del Elefante”–, motivando la creación, el 22 de Mayo de 1885, de la Sociedad Arqueológica de Carmona. La agrupación se erigió en defensora de la Historia de la ciudad, promoviendo su estudio y la custodia y protección de sus restos, que se abrieron al público para su mayor difusión, siendo una iniciativa de los más innovadora para aquellos tiempos. Pronto llegó el reconocimiento nacional con la visita del padre Fidel Fita Colomé, destacado epigrafista y presidente de la Real Academia de la Historia, en 1887. Años más tarde, con nuevos miembros en el “equipo” como Mr. Tys, los trabajos llegaron a desvelar sorpresas como la Tumba de Servilia en 1905, una de las joyas de la necrópolis de tiempos de Augusto (27 a. C. - 14 d. C.). Un enterramiento de una dama romana adinerada que tenía forma de peristilo asemejando a una casa, algo que recuerda, por ejemplo a las urnas cinerarias de las culturas laciales –con forma de chozas-. Semejante cúmulo de aportaciones le ganaron la concesión, en 1930, de la categoría de Monumento del Tesoro Artístico Nacional por parte de Alfonso XIII.  

La muerte de los protagonistas de estos avances no frenaron la investigación, dirigida ya en la segunda mitad del siglo XX por otra de las grandes figuras de la Arqueología española: Doña Concepción Fernández Chicharro. Es precisamente en esta parte de la anterior centuria cuando entraría en escena un joven arqueólogo gaditano, formado en Sevilla y por tanto conocedor del enorme valor del lugar. Manuel Bendala Galán inició en los años 70 una serie de trabajos de campo para el desarrollo de su tesis doctoral. Lo más llamativo que él observó es que durante la fase romana los elementos púnicos e indígenas se enseñoreaban en las tumbas al lado de los latinos. Quedaba claro que no existía una ruptura en cuanto a tradiciones formando algo compuesto y continuista.

Los romanos habían integrado en su Imperio las tierras de la Bética pero eso no conllevó una desaparición de costumbres, como posteriormente se ha demostrado en otros lugares. Así se podían entender conceptos como hispanorromano, galorromano, britanorromano, etc. Es decir, culturas que sin perder aspectos de su pasado, constituían algo nuevo con los aportes de la romanidad –que a su vez era bastante heterogénea– en la suya propia. En tiempos en los que la urbe era conocida como “Carmo” un betilo –una piedra adorada como encarnación de la divinidad en tradiciones orientales– o una figura de Attis –divinidad oriental– eran perfectamente compatibles con la cronología romana. Y aunque esto, como he afirmado en el primer párrafo, pueda parecernos ahora mismo muy lógico, no lo era en las corrientes de la investigación españolas. Así pues, Carmona y su necrópolis, aunque no figuren entre los lugares más famosos de la "geografía arqueológica” para el gran público debería empezar a aparecer en los mapas.

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