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La montaña artificial cobijó festejos como la costumbre de despeñar toros y cerdos desde sus alturas

Escarbando en la basura del Monte Testaccio

Por Ignacio Monzón, 06 de agosto de 2010

En estos siglos de producción industrial el transporte de mercancías llega a volúmenes gigantescos, generando un eterno problema relativo a los desechos que se producen. Las toneladas de basuras que generan todos los días las ciudades se acumulan en vertederos mientras las autoridades se afanan en desarrollar proyectos de reciclaje, si no para solucionar el entuerto, al menos para paliar semejante dificultad. Y como tantas otras cosas es algo que ya se empezó a sufrir en la Antigüedad, para fortuna de los historiadores.

Si el autor de estas líneas ya ha comentado en alguna ocasión que la desgracia de unos es la fortuna del arqueólogo –es triste, pero cierto- aquí tenemos un ejemplo perfecto de esta idea. La gran ciudad de Roma, desde el siglo II o quizá el I a. C. ya se había convertido en la ciudad más poblada del Occidente y en una de las mayores de todo el Mediterráneo, siempre hambrienta de recursos humanos y materiales. También ellos tuvieron sus vertederos que, al conservarse, nos brindan oportunidades, en ocasiones, únicas, de estudio de algunos aspectos del pasado. En concreto vamos a ver brevemente algo sobre el más famoso de ellos, un fabuloso archivo económico y fiscal romano muy relacionado con la Península Ibérica: el monte Testaccio.

El Monte dei cocci, como también es conocido por los italianos, consiste en una fabulosa acumulación de “basura” mercantil. El transporte marino llegaba a la ciudad de Ostia y allí se cargaba en barcas más pequeñas que podían remontar el Tíber hasta la misma Roma. En la zona sur de la ciudad y en plena ribera del río se acumulaban los productos, desechándose en muchas ocasiones sus antiguos contenedores. Así se formó el monte que nos ocupa, un auténtico montículo artificial que sorprende a los visitantes cuando se les revela lo que es. Con una altura máxima de 49 metros y abarcando un área de 22.000 m2 tiene una ligera forma piramidal, ubicándose entre el Tíber, el monte Aventino –el monte de los plebeyos– y la pirámide de Cayo Cestio. Su “carne” consiste en millones de ánforas de transporte que eran vaciadas en otros contenedores más manejables para ser posteriormente depositadas en la zona. A pesar de que las primeras noticias nos llegan a partir del siglo VIII de nuestra Era, durante la Edad Media el lugar cobijó festejos como la costumbre de despeñar toros y cerdos desde sus alturas. Tan especial llegó a ser para los romanos que ya en el siglo XVIII se emitieron leyes muy duras en contra de los que degradaran el Testaccio. Incluso desde el siglo XVI puede apreciarse en los mapas de la Ciudad Eterna como uno de sus elementos característicos, casi como una más de las “jorobas” que la han caracterizado.


Comienza la investigación

A pesar del cariño de los habitantes por la pequeña montaña, el estudio de la misma –obviando las observaciones del padre Laugi Bruzza– se retrasó hasta 1872, cuando Heinrich Dressel encontró entre los restos sellos impresos e inscripciones pintadas –tituli picti–. Las inscripciones y pequeños textos marcaban el lugar de procedencia de las vasijas: la Bética. El producto transportado era el aceite, extraordinariamente demandado en general –para la preparación de alimentos, iluminación, elaboración de perfumes, pinturas y medicinas, etc.- y especialmente valorado el bético en particular, como nos informan Estrabón y Plinio el Viejo. Una de las grandes figuras de la Arqueología española –aunque francés de nacimiento–, Jorge Bonsor, tomó el testigo a Dressel en el Testaccio.

El hecho de que el Testaccio pudiera estar formado por ánforas hispanas llamó la atención de los especialistas españoles, que en los años 60 del siglo XX, gracias a la colaboración del gobierno italiano, pudieron emprender estudios más exhaustivos encabezados por Emilio Rodríguez Almeida. Su continua dedicación descubrió que el 80-85% de las ánforas depositadas pertenecían a la Bética, mientras que el resto eran africanas. Él mismo estimó, de manera aproximada –gracias a los “tituli picti” con dataciones consulares– que el Testaccio se formó en el Alto Imperio, entre los días de Augusto (27 a. C.-14 d. C.) y Galieno (253/260-268 d. C.) en un arco de más de 270 años y acumuló más de 85 millones de vasos cerámicos –aunque unos 13 millones se debieron degradar y otros 20 acabaron siendo empleados como materiales de construcción– cargando con más de 6 millones de toneladas de aceite.

A partir de 1989, acuerdos entre el Ministerio de Educación y Cultura español y las autoridades de Italia permitieron una misión arqueológica permanente que ha dado unos excelentes resultados. El equipo, formado por expertos de las universidades Complutense y de Barcelona y con la colaboración de geólogos de la Universidad de La Sapienza, fue dirigido por Jose María Blázquez Martínez y José Remesal Rodríguez, y actualmente continúa con sus campañas anuales dentro del llamado “Proyecto Testaccio”. En la campaña de los años 1993-94 se descubrió que el yacimiento incluía zonas como el área de la Porta San Paolo, que había sido aplanada en 1849, y otros puntos en ese momento ocupados por viviendas. Poco después entre los años 1995 y 1996 se hallaron “tituli picti” que indicaban un origen africano, en concreto de la provincia de África Proconsular –aproximadamente el actual Túnez– y algunos de las regiones helénicas. Las siguientes campañas, que continúan a día de hoy, siguen aportando datos de la máxima relevancia en cuanto a la economía del Imperio, hasta el punto de crear un “corpus” de más de 20.000 registros epigráficos y paleográficos en la base de datos del Centro para el Estudio de las Interdependencias Provinciales en la Antigüedad de la Universidad de Barcelona.

Valoración

El caso del Proyecto Testaccio y la iniciativa española es especialmente importante por varias razones. La primera y quizá más llamativa es que es un esfuerzo internacional que revaloriza la capacidad historiográfica española. También es un buen síntoma de las buenas relaciones entre España e Italia y el carácter aperturista de este último país en materia de investigación y difusión de su patrimonio –aunque éste está especialmente vinculado a un origen hispano–. Pero si sólo fuera por esto su valor sería un tanto particular, ya que afecta básicamente a la actual España y un tanto a Túnez. Lo cierto es que el gigantesco archivo del Testaccio va mucho más allá. Los sellos impresos y los “tituli picti” representan un registro cronológico y fiscal, con los nombres de los distritos de procedencia de los productos y otros datos de enorme valor económico. Como han resaltado los especialistas españoles, el Testaccio nos informa de las demandas romanas en cuanto a productos, del activo comercio entre provincias, de los sistemas de trasporte y como elementos extensivos al resto del Imperio, a la organización del comercio romano y a cómo el Estado intervenía en él.

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