La obsesión de ETA con el CNI
La información de hace unos días de Antonio Rubio en El Mundo fue una demostración de que el CNI sigue colándosela a ETA como ha hecho siempre, sin que los terroristas sean capaces de verles venir. Cuenta el periodista que en las últimas conversaciones entre representantes del Gobierno y los etarras, los agentes del CNI se encargaron de vigilar las reuniones y grabarlas gracias a dispositivos colocados discretamente en la funda de unas gafas y en un pen drive.
Además, aunque la información no lo menciona, seguro que el equipo de agentes operativos del servicio de inteligencia se encargó de recopilar todos los datos que pudieron de los miembros de ETA que participaron en los encuentros. Me refiero a fotografiarles a ellos y a las personas que les acompañaban, a vigilarles durante su estancia en las ciudades en que se reunían e, incluso, a colocarles dispositivos de seguimientos –rabos, en su jerga- que les permitiera seguirles hasta sus escondrijos.
Un servicio secreto está para eso y los etarras lo sabían, aunque otra cosa es que fueran capaces de detectarles, lo que no sucedió, pues habrían puesto el grito en el cielo.
La primera reunión que se celebró entre las dos partes tuvo lugar en 1976 y el representante del Gobierno fue el agente de los servicios Ángel Ugarte. En aquellos años los medios tecnológicos eran muy escasos, en parte debido al atraso español que tuvo su origen en el poco empeño en el tema de los antecesores del Cesid y la falta de ayuda del espionaje extranjero. No se grabaron los encuentros, como en el último caso, pero sí se fotografió a los etarras. Para esa labor, escondieron una cámara fotográfica en una bolsa de deportes, que como hacía tanto ruido en cada uno de sus programados clics de cada quince minutos, tuvieron que comprar un reloj de esos antiguos que más que dar los segundos, los gritaba.
Un año antes de este primer encuentro, el SECED les había metido un topo, Mikel Lejarza, conocido como “El Lobo”, que consiguió la detención de cerca de 300 etarras, con el consiguiente daño.
Pero durante todos los años de democracia, las infiltraciones, espionaje y demás, tanto de los etarras como de su entorno abertzale, ha sido un asunto permanente, sembrando de grandes éxitos.
ETA todavía sueña con dar con el paradero de “El Lobo” y de tantos otros agentes que les han vigilado hasta la extenuación y que nunca han sido capaces de descubrir. Por eso, lo que más teme ETA es la acción de los espías españoles.






