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Mary Leakey, la paleontóloga más importante del siglo XX

En busca de nuestro pasado

Por Ignacio Monzón, 23 de mayo de 2010

De vez en cuando, los medios de comunicación nos ofrecen imágenes de seres a medio camino entre una especie de simios y los seres humanos. Estos homínidos y prehomínidos, que sin embargo no eran “monos” ni descendían de ellos, son recuperados, no sin dificultades, pieza a pieza. Desde el siglo XIX, con la obra de Darwin, Spencer, Galton y Wallace, los restos que iban apareciendo comenzaron a ser tomados en serio por parte de la comunidad científica. Este avance de la Antropología, la Paleontología y la Arqueología, unidos a una constante reescritura de la Historia Humana con las aportaciones de yacimientos de todo el mundo, hicieron de la profesión de historiadores y antropólogos un campo de auténtico prestigio.

Pero como de costumbre, tanto la actividad en sí misma como la preparación necesaria para ejercerla quedaban vedadas o al menos dificultadas para el género femenino. Hoy hablaremos brevemente de una de las pioneras en su campo: Mary Leakey.

Nacida en Londres en 1913 sus condiciones familiares no le permitieron quedarse en un mismo sitio durante mucho tiempo, algo que probablemente marcó su carácter. Su padre era pintor especializado en paisajes y viajó mucho para poder ganarse la vida. Así, además de en la tierra británica, Mary Douglas Nicol, pasó su infancia en parajes de Francia, Italia y Egipto. En éste último lugar su padre conoció a un arqueólogo llamado Howard Carter, “culpable” de redescubrir el lugar de reposo de Tutankamon.

El hecho de ver constantemente nuevos parajes, rebosantes de historia y secretos, unido al constante estímulo humanístico – con su casi siempre presente velo romántico – llegó a su culmen en 1925 estando en la región de Dordoña, en la tierra de la antigua Aquitania, en la parte sur de Francia. Allí, ante la gran cantidad de útiles prehistóricos que aparecían y las fascinantes pinturas de la cueva de Les Eyzies-de-Tayac, su interés por el Pasado -con P mayúscula- tuvo que quedar más que confirmado. Pero su vida, en apariencia feliz y llena de nuevas experiencias, experimentó un profundo revés.  

Expulsada de varios colegios

En 1926 su padre falleció  y ella tuvo que regresar con su madre a un Londres todavía demasiado encorsetado en la rigidez postvictoriana. Insertada en un modelo educativo que no cuadraba con su manera de ser, no tardó en ser expulsada de varios colegios, necesitando de tutores en el domicilio. Ella misma destacó en que en esos momentos otro gran acicate fue la visita que realizó con su madre a Stonehenge (Wiltshire, Reino Unido), decidiéndose a estudiar Arqueología.

Sin embargo, sin un buen currículum académico y en un tiempo en el que no había muchas mujeres cursando carreras, ella optó por acercarse a lo que quería ser de la manera que fuere, remarcando su carácter tozudo y férreo. Matriculándose en cursos universitarios de Geología y Arqueología participó en excavaciones, ganándose amigos que le acabaron prestando apoyos. Fue de esta manera como conoció a un joven antropólogo británico diez años mayor que ella: su futuro marido Louis Leakey. La relación no estuvo exenta de polémica y no por la diferencia de edad, que no era destacable en esos días, sino porque él todavía estaba casado cuando comenzaron su relación.

Trabajando con arqueólogas poco conocidas como Gertrude Caton-Thompson o Dorothy Lidell y que sin embargo abrieron camino –entre otras cosas por su profesionalidad, erudición y destreza- y Sir Mortimer Wheeler –toda una autoridad en su campo- la falta de titulación académica, ya que ella poseía cursos pero no títulos superiores, pudo suplirla con voluntad, habilidad con el dibujo –siempre útil para cualquier arqueólogo- y experiencia de campo. En 1935 ya se encontraba trabajando en la zona de Olduvai, Laetoli (Tanzania) y otros yacimientos de la zona con Louis Leakey, casándose con él al cabo de un año.  

Una vida vinculada a África

Madre de tres hijos nacidos en África, dos de ellos –Richard y Philip- también antropólogos, su vida quedó para siempre vinculada a éste continente. En la misma zona, junto con su marido, llegó a realizar enormes avances en el conocimiento del origen del Género Humano y sus ancestros. Gracias a sus esfuerzos conjuntos sacaron a la luz ejemplares como el Proconsul Africanus, un ancestro de todos los homínidos y otros primates superiores hominoideos –Paranthropos y Austrolupithecos- de entre 15 y 25 millones de años.

No hay que olvidar que durante la mayor parte del siglo XIX gran parte de la población europea pensaba que la Tierra no llegaba a los 6.000 años de edad, por lo que un descubrimiento como éste no podía pasar desapercibido. En 1959, Mary desenterraba los restos de otra especie nueva: el Australopithecus boisei y pocos años después, ésta vez con su marido, repetía la experiencia con el Homo habilis.

A pesar de que se rumoreó que Louis tuvo más de un affaire romántico con Jane Goodall y Dian Fossey y que por ello la pareja Leakey se distanció, Mary no abandonó sus trabajos, llevando la iniciativa en no pocas ocasiones. Dando la vuelta por medio mundo con sus excavaciones y conferencias, siendo reconocida con diferentes galardones incluida alguna titulación honorífica, se retiró del trabajo de campo en 1983 sin dejar por ello de dedicarse a la investigación. Finalmente moría en 1996 como una de las personalidades de la Paleontología más importantes del siglo XX por derecho propio.

2 Comentarios
Saray
31 de Mayo de 2010 a las 21:56
Grandes mujeres que merecen todo nuestro reconocimiento, y que quienes no las conocemos aprendamos a valorar su trabajo y valor en épocas tan dificiles para la mujer.
Pienso que buscar nuestro pasado es poder conocer también nuestro futuro o parte de él.
Salva Valverde
25 de Mayo de 2010 a las 23:00
Una mujer haciendo historia con la historia de nuestros primeros antepasados. Hay que agradecérselo.
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