Una lesión le aparta de la Guardia Civil e inicia una nueva vida
Guardia Civil (2). Los compañeros del SIGC -Servicio de Información de la Guardia Civil- informaron de que un carguero maltés fondeado en una cala de nuestra jurisdicción con la excusa de reparar motores, y que llevaba en sus bodegas legalmente armas con destino a un país africano y un cargamento de tabaco americano, sospechaban que iban a intentar alijar, y el hecho de transportar armas lo hacía más peligroso. Se organizó sobre el mapa un servicio de apostadero en un lugar alto desde el que se divisaba el barco y se controlaba el camino de acceso a la cala. Se nos ordenó armarnos también con los subfusiles ametralladores Zeta, fuera tricornios por los reflejos del charol, no fumar y hablar en susurros.
Una camioneta bajó, y al poco, entre la neblina que reptaba desde las aguas, pudimos ver cómo dos lanchas se despegaban del nodriza arrimándose a la costa. El corazón aumentó su ritmo y nos aprestamos para darle el alto al vehículo al subir con nuestras armas ya preparadas. El cabo se situó en el camino dejándose ver mientras tres de nosotros le cubríamos. Con la linterna y el brazo empezó a hacer señales para que se detuviera. El motor bajó sus revoluciones aparentando que se iba a parar, pero cuando estaba a su altura aceleró a tope y el cabo se tiró de plano sobre los arbustos de la cuneta para que no le arrollara.
-¡Fuego, fuego!—ordenó desde el suelo.
No fue necesario más. El estruendo de las metralletas lo inundó todo y el olor de la pólvora se expandió por el pinar. La camioneta, agujereada, perdió el control y se precipitó por el barranco con estrépito de chapa y ramaje tronchado hasta estrellarse contra un pino que le cortaba el paso. Bajamos todo lo rápido que permitía el terreno. Encontramos al copiloto en la cabina, sangrando y emitiendo lastimosos quejidos. El conductor había huido, y por lo abrupto del terreno y la oscuridad reinante, desistimos de buscarlo. Lo prioritario era socorrer a aquel pobre hombre que se la había jugado, y perdido. Respetábamos a los contrabandistas. Nos parecía arriesgado y aventurero lo que hacían y nunca usaban armas de fuego, y esto era de agradecer. Traíamos una especie de juego del gato y el ratón, pero claro, salir del cerco como un jabalí, arrollándolo todo, y que a punto estuvo de costarle la vida a nuestro cabo, eran palabras mayores.
En nuestro mapa la teníamos bautizada como “Playa de los muertos”. Venía a ser una pequeña caleta con arena blanca flanqueada a ambos lados por acantilados sobre la que confluía una fuerte corriente marina que arrastraba hasta la orilla los cadáveres que se producían por las zonas aledañas y ponía en peligro constante a incautos o mal informados bañistas que se cruzaban con la corriente. Llegar hasta ella suponía andar entre piedras con sumo cuidado si no querías verte rebotando sobre los riscos. Un aviso nos alertó del peligro que corrían dos turistas que se alejaron nadando y la corriente los atrapó hasta llevarlos contra las rocas golpeándolos una y otra vez con evidente riesgo de muerte. No había nada que pensar. El arraigado espíritu de socorro de los guardias floreció, y bajando con gran inseguridad por la quebrada hasta tocar el agua pudimos agarrar a uno al que su agotamiento le impedía siquiera ayudarnos a izarle. Ya fuera del agua, lo intentamos con el otro, que flotaba y se sumergía unos metros más allá. Desplazarnos sobre las rocas bajas, mojadas y cubiertas de verdín, hizo que me resbalara cayendo sobre mi espalda. Me dolió, pero me levanté como pude y seguí avanzando. El esfuerzo resultó inútil. El hombre flotaba ya cadáver. Lo aseguramos sobre una roca para que el agua no se lo llevara y nos dispusimos a subir al rescatado hasta un lugar más alto, fuera de peligro, a la espera de que llegara más ayuda y trasladarlo al hospital.
Me dolía con intensidad la espalda a ratos y le di la importancia que a esa edad tienen este tipo de cosas, ninguna. Craso error. Meses más tarde, los dolores se repetían más fuertes y a menudo. El cabo me obligó a consultar con nuestro capitán médico. No supo encontrar la causa, así que extendió un volante para el ingreso y observación en el hospital militar. La mañana que iba a pie para ingresar, por el camino me encontré mal, con exceso de calor y mucha sudoración. Entré en un bar con intención de refrescarme y lavarme la cara para aliviar esa sensación. El siguiente recuerdo fijado en mi mente es ver pasar rápidamente ante mis ojos un techo y un tipo borroso que me gritaba algo. Resultó ser el techo del pasillo del hospital, yo sobre una camilla y un enfermero que trataba de reanimarme mientras corríamos hacia la sala de urgencia.
Por lo visto, un empleado del bar se extrañó de mi tardanza en salir del servicio ante la queja de un cliente que quería pasar. Tuvieron que forzar la puerta para entrar y me encontraron inconsciente tirado en el suelo. Por la documentación que llevaba encima avisaron a la Comandancia y al hospital militar, que envió una ambulancia a recogerme. Desde ese momento, no volví a andar hasta seis meses más tarde, tiempo este que pasé en el hospital postrado en una silla de ruedas. Y conocí a Hermann Hesse a través de su Viaje al Oriente, Siddhartha y El lobo estepario.
Me trasladaron al Hospital Militar Gómez Ulla, en Madrid, donde con superiores medios acertaron en el diagnóstico, el tratamiento y la causa, que no fue otra que aquella caída en los acantilados que me produjo una lesión en la espalda que se fue complicando con el paso del tiempo. Me recuperé muy bien, pero me pasaron por el Tribunal Médico Militar, que decidió que, aunque para hacer vida civil normal estaba en condiciones, con alguna limitación de cargar peso o similar, para el servicio activo en el Cuerpo no lo estaba, así que me endosaron la baja y pasé al retiro con todos los parabienes y beneficios de tal situación, como el derecho a portar arma corta, hospital militar, alguna otra cosilla menor y una paupérrima pensión.
Pregunté que cómo era posible semejante ridiculez de pensión la que me habían asignado, y la respuesta no pudo ser más injusta y burocrática: en su momento no se hizo constar su caída en el parte de servicio ni acudió usted al hospital, por lo que no podemos dar por válida la lesión en acto de servicio. Pero los médicos pueden atestiguar su desarrollo, antigüedad y motivo—les replicaba—. Sí, sí—me contestaban— seguro que es como usted dice, pero no podemos confirmar que se la hizo en acto de servicio, porque en su momento no se hizo constar… y bla, bla,bla. Con la Iglesia hemos topado, Sancho; pues eso, con la burocracia española hemos topado, colega. Me acordé de Larra y su “Vuelva usted mañana”. Y esta injusticia continúa hasta hoy. Tocaba otra vez iniciar nueva vida. Buscar y hacer camino.
Francisco Lerena, Lobo Azul

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