Las complicadas y divertidas aventuras de un guardia civil novato
Guardia Civil. La Academia fue más de lo mismo. Internamiento, disciplina, más disciplina, control, anulación de la personalidad, instrucción, cursos, estudio, voces… Poco bueno que destacar. Con 20 años me vi vestido de verde, tricornio, y un pistolón Star del 9 largo sobre la cadera izquierda, herramienta que me era muy familiar. Me concedieron el destino que pedí buscando el mar, Palma de Mallorca. A la zona de Santa Ponsa, a Paguera, me dijeron en la Comandancia cuando me presenté. Lugar turístico cien por cien, de esos que en invierno se quedan como pueblo fantasma. Cuartel pequeño, pésimamente acondicionado, ocupado por guardias solteros y todos muy jóvenes. El Comandante de Puesto, un cabo poco mayor que nosotros que conducía un Seat 850 coupé, muy fardón en ese momento, y muy ligón el propietario.
Un ejemplo del ambiente del cuartel: una madrugada entraron a dormir unos compañeros libres de servicio que regresaban de dar una vuelta. Varios dormían en las literas. Pepito, el más joven e hijo de guardia también, se molestó porque tardaban en apagar la luz. Les gritó, pero aún no habían terminado y no lo hicieron. Sin pensarlo más, de debajo de la almohada sacó su pistola y de un disparo destrozó la bombilla.
Otro. Una noche, ya tarde, cuándo dormíamos profundamente, nos despertamos sobresaltados por un griterío que provenía del lateral del cuartel, junto a la ventana del dormitorio, donde tendíamos la ropa.
-¡Alto! ¡Alto a la Guardia Civil! ¡Alto!
Sin comprender ni jota nos levantamos todos rápidamente para ver qué pasaba, cuando, de pronto, ¡pam! ¡pam!, dos disparos tan cercanos e inesperados que, tras la primera duda, en un tris tras todos andábamos con las pistolas en la mano y otro con un subfusil Zeta dispuestos al tiroteo e intentando con toda precaución mirar por las ventanas y la mirilla de la puerta para averiguar qué coño sucedía y a quién había que disparar.
-¡Alto!—gritaba el de fuera— ¡Alto a la Guardia Civil!
Pero joder, si la Guardia Civil éramos nosotros.
-¡Alto a la Guardia Civil!—gritábamos desde dentro, asomando el cañón de las armas por las rendijas de la ventana.
El del Zeta, sin pensarlo más, entreabrió el postigo y soltó una ráfaga al aire, ¡ra,ta,ta,ta!
-¡Identifíquese o tiro a dar!
El de fuera gritaba un no sé qué imposible de escuchar después de la sordera que nos dejó las detonaciones del rafagazo dentro del dormitorio. El fulano se tiró al suelo desgañitándose hasta hacerse oír.
-¡No tirar, no tirar! ¡Soy el capitán, el capitán!
Joder, el tipo que andaba con la panza apisonando la tierra mojada decía que era el capitán, nuestro capitán. No lo podíamos creer. Desde diferente posición en el exterior otra voz confirmaba lo que decía.
-¡Es el capitán, no tirar! ¡Yo soy el conductor! ¡Es el capitán!
Aquello empezaba a tomar forma, extraña, pero posible. Aún así, la noche afuera estaba como boca de lobo y había que andarse con cautela.
-Que se ponga de pie con las manos en alto.
Y una voluminosa y vagamente familiar figura empezó a destacar cual Moby Dick emergiendo de las aguas. Nos mirábamos con cara de, entre espantados y sumamente sorprendidos, al comprobar ya, que, efectivamente, era quién decía ser y al que podíamos haber dejado frito, nuestro insoportable, orondo e ilustre capitán. Resultó que venía de inspección nocturna en su Citroën 2 CV oficial y ordenó aparcar lejos del cuartel para cogernos desprevenidos. Antes de entrar observó como una figura saltaba por una ventana desde el cuartel al exterior. No lo pensó dos veces y echó mano de la pistola creyendo que era un ladrón que huía o algo peor.
Con todos nosotros de pie, la mayoría en calzoncillos y formados junto a nuestras literas, el pobre capi, con el uniforme embarrado y la cara aún con restos de tierra, empezó a despotricar patético y medio temblón por lo que pudo haberle ocurrido e intentaba averiguar qué cojones había pasado y quién era el que huía. Nadie quería responder, aunque todos sabíamos la respuesta. Era cosa habitual entre nosotros. Dio con ella al caer en la cuenta de que la pareja de retén nocturno no estaba allí. Ambos compañeros habían ligado con unas alemanas y aprovecharon su suerte para largarse al encuentro de las damiselas de madrugada. En lugar de salir por la entrada principal y para no comprometer al compañero que estaba de servicio de puertas, yo, salieron por la ventana. Al segundo en salir es al que sorprendió el oficial saltando limpiamente el metro y medio de altura, y como es fácil de comprender y totalmente justificado, al escuchar aquellos “altos” tan destemplados y con tan mala educación, por si las moscas, el compañero aceleró piernas y se perdió en la oscuridad. El capitán empezó a repartir bastos. Los de retén, un mes de calabozo en la Comandancia. Al de la metralleta, otro. Al de puertas, este servidor, dos meses de servicio nocturno y sin libranza, o sea, entrar de servicio de puertas 24 horas, de las trece a trece, y volver al servicio nocturno a las diecinueve hasta las siete de la mañana. Bueno, mereció la pena por el tiempo que anduvimos de chanza y risas recordando el incidente, y aproveché para terminar Kaputt, de Curzio Malaparte.
Nuestra principal misión era la vigilancia fiscal costera. Patrullábamos a pie el litoral a lengua de agua desde Magalluf hasta las inmediaciones del puerto de Andraixt. Una barbaridad de kilómetros con zonas muy escarpadas que de noche debían cubrir sólo dos parejas y una de día. Imposible cumplir el trabajo y los jefes lo sabían, por lo que nos limitábamos a ejercitar la buena voluntad y hacer lo que podíamos, pero claro, éramos un grupo de gente muy joven en un lugar lleno de turistas con ganas de diversión al que no éramos inmunes. Un panal de rica miel rodeado de abejas hambrientas. No digo que libáramos continuamente, desgraciadamente, pero sí que el zumbido del aleteo rebotaba de continuo en el cerebro y nos distraía de nuestras funciones.
Las noches de invierno también tenían su encanto. Recuerdo una, de servicio con mi amigo Trobat, costeando de madrugada por la arenosa playa de Santa Ponsa, con una esplendorosa Luna llena en posición baja emergiendo del agua como el sol al amanecer, tan cercana, que parecía poder tocarse simplemente alargando el brazo, y tan luminosa, que no necesitamos la linterna para escribir en la papeleta de servicio el “sin novedad” de esa hora. A nuestras espaldas, una tenue luz azulada lo envolvía todo, y la Luna lamía el contorno de las siluetas de los hoteles vacíos y tristes. La humedad se palpaba en el aire como si fuese un polvo frío que te calaba hasta los huesos. La calma del mar era total, y tan sólo un levísimo rumor de agua en la orilla nos recordaba que aquello era el Mediterráneo, y no un inmenso espejo sobre el que uno podía deslizarse con sólo mover los pies con suavidad para no quebrarlo. No era necesario cerrar los ojos para imaginar a una bella patinadora sobre hielo evolucionando sin ruido al ritmo de una música que sonaba sólo en sus oídos y en los tuyos. Bastaba con fijar la vista y aguzar la escucha. Envueltos en la capa, nos sentamos en la arena mirando al mar, y en silencio, plácidamente fumamos un cigarrillo disfrutando del espectáculo y de aquella camaradería cómplice que a ratos no precisaba ni de palabras.
Francisco Lerena, Lobo Azul

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