Primer bofetón y trabajo en un prostíbulo del barrio chino
La juventud. Años de estudio y años de tristeza. Un gorrión enjaulado. Clérigos para la disciplina y algunas materias menores, y profesores paisanos, a los que llamábamos políticos, para el resto. Contrastes, y a veces conflictos, entre los dos grupos. Los unos, píos y benefactores de alumnos lameculos y comunión diaria. Los otros, educados, rudos y patriotas. Mi preferencia tras lo conocido al ensotanado del pueblo estaba clara.
En una sola ocasión me soltaron un bofetón en la cara que, encima, a punto estuvo de costarme la expulsión. Allí estaba rigurosamente prohibido levantar la mano a un alumno. Unos pocos estábamos fichados por no acudir a postrarnos en confesión ni comulgar casi nunca. El control en esto era total. Un domingo, durante el paseo por la ciudad, un amigo y yo, por puro placer rompenormas, compramos un cigarrillo en un quiosco al que le dimos unas caladas que nos tuvieron más tiempo tosiendo que disfrutando. El cura a cargo del grupo sospechó y se acercó a olfatearnos como un sabueso, ¡snif, snif! Diagnosticó: alumnis fumatis, pecatis nefandis.
Se consideraba falta muy grave, casi tanto como insultar al Papa. Al regreso, nos mandó presentarnos ante el Consejero, jefe máximo del orden. Temido por su mal carácter y aspereza en el trato, el tonsurado me hizo pasar solo a su despacho, mientras mi cómplice de la gran fechoría esperaba en el pasillo su turno de reprimenda. Se puso a gritar desaforado y fuera de si a la vez que su cara de pingüino con gafas oscuras enrojecía de ira. Era pequeño y de bamboleante y enorme culo, que apoyaba sobre el borde de su escritorio mientras manoteaba amenazante alrededor de mi cara. Como mi gesto impasible pareció sacarle de quicio, ¡plaf!, me arreó un guantazo. Mi reacción automática fue darle un fuerte empujón que, por lo inesperado, lo hizo girar y caer al suelo. Se montó la de Troya. Para qué te voy a contar.
-¡Te voy a expulsar, mal bicho! ¡Te vas a enterar de quién soy yo!
Me tuvo de pie castigado de cara a la pared toda la noche ante su despacho a la espera de la mañana para dar conocimiento al Rector, también cura, que no habló conmigo, pero sí lo hizo el Subdirector, político, al que expliqué lo sucedido. No me expulsaron, pero el pingüino no perdonó. ¡Qué ganas de terminar ese último curso me dio y qué ruin fue hasta el final el muy cabrón! Por contra, el muy santo varón de don Lázaro, futuro buen sacerdote, inculcó en nosotros el amor a la literatura. Góngora, Quevedo y Lope de Vega eran sus favoritos, y pasaron a ser los nuestros. Y la generación del 98 con don Pío, Unamuno y Benavente como destacados. Con qué gusto nos leía y nos hacía enamorarnos de las bellas palabras. Gracias, don Lázaro; y también a don Marcial, por la música; y a don Claudio, por las matemáticas. Como se ve, no todo era tan negro como sus sotanas.
El fin de curso fue como respirar aire de alta mar. Recibir el diploma, la apertura de la puerta de la jaula y el pasaporte hacia la libertad. Ya podía aferrar el timón para gobernar mi vida, al menos durante un tiempo, ya que tras una alocada y golfa pausa vital en Barcelona, ingresé en la Academia de la Guardia Civil.
Barcelona, estación de Sans. Tarde de verano. Allí me veo, en la puerta de salida con una maleta apoyada en la acera, muy pocas pesetas en el bolsillo y un largo viaje sobre las espaldas metido en un vagón de segunda clase de “el catalán”, el tren expreso que tomé veintiséis horas antes en la estación de Córdoba, en Sevilla. Miro a derecha, a izquierda, y no sé qué camino tomar. Pensión, leo en la parte alta de una pared. Justo lo que necesito para salir del paso. Espero que sea barata, lo que llevo da para poco, y tengo que comer.
Convencí a mis padres de que un compañero de colegio que vivía allí me había ofrecido su casa y su ayuda para encontrar trabajo, cosa que conseguiría muy pronto, según me aseguraba. Nada era cierto, pero Barcelona era la ciudad de las oportunidades y el asunto coló. Lo cierto era mi ansia de volar lejos de ataduras, controles y normas que cumplir. Situarme en el otro extremo del péndulo. Resarcirme. Y lo conseguí. Vendí libros de El Círculo, seguros, monté juguetes… Nada importante. Cosas que me dieran para los gastos y libertad de horario. Tenía alquilada una habitación en la casa de una familia en Coll Blanch y comía fuera.
Mi compañero de venta, un chico catalán-Carlos Frau Farrás- de gran corazón y generosidad, me guiaba con acierto por las calles de su ciudad.
-Hoy, aunque no vendamos mucho, te voy a enseñar unas calles muy especiales. Cerca del puerto—me dijo con su dulce acento catalán que tan bien me sonaba.
-Donde tú digas. Y de camino damos una vuelta por el muelle.
-No sé si tendrás ganas después.
Sus labios dibujaron una irónica sonrisa que me dejaron pensativo. Esperé una jornada cansada por la parte antigua, con calles estrechas y vericuetos sombríos, y hasta aquí acerté. Sólo hasta aquí.
-Nos bajamos en la siguiente y un poco a pie.
Salimos del Metro y noté en Carlos una mirada festiva, como quien espera sorprender a un amigo con agrado. Y por Júpiter, todos los santos y dioses menores y mayores que lo consiguió. Calle Conde del Asalto. Puro barrio chino. Una Sodoma y Gomorra juntas.
Puro espectáculo infernal debería haber sido aquello para un mancebo como yo, venido de misa forzosa diaria, ejercicios espirituales anuales y mente a la que se le quiso imbuir que los malos pensamientos eran pecado mortal. En unos de estos ejercicios le pregunté a un confesor, venido de fuera para darnos confianza, que qué era aquello de los malos pensamientos. Sobre todo, los pensamientos libidinosos, y me contestó que con los que Satanás lleva a los jóvenes a la perdición y a las llamas del infierno. Santo cielo, ¿y eso de libidinoso qué es? Me lo explicó vagamente pero lo entendí, así que según la regla yo debía estar en esos momentos más que perdido, es más, pura llama andante alimentada por el soplo fétido de Satán debía ser. Hombre, en lo de llama, algo de verdad sí había, para qué nos vamos a engañar, porque caliente me notaba, pero a Satán no lo encontré por ninguna parte.
Mujeres de todo tipo, edad y pelaje charlaban animadamente en la acera, o en mitad de la calle entre ellas, o con hombres en angostos callejones adoquinados a los que les salían al paso. Algunas fumaban. Grandes escotes y faldas insinuantes. Ojos alegres que te miraban directamente, sin recato, llamándote guapo, o lindo, y prometiéndote pasarlo muy bien.
-Ven, guapo, toca aquí, que verás lo que tengo—me dijo una riendo y llevando su mano a la entrepierna.
Pero el guapo aún no estaba preparado para esas confianzas. Marineros americanos con sus gorritas de Popeye de algún buque de guerra amarrado en el muelle. Niños jugando y transitando de aquí para allá. Amas de casa con la cesta de la compra. Un coche de paso al que dejar libre la calle. Cartelones colgados de alguna venta o balcón anunciando “sífilis, gonorrea, venéreas, consulta”. Algún borracho tambaleándose ya a media mañana. Y bares, muchos bares, dentro de los que había más mujeres que se dejaban ver pegadas a la pared para no interrumpir el tránsito de clientes que entraban y salían como si de una exposición de muebles se tratara. En uno de estos entramos a saludar al dueño, al que Carlos me lo presentó como Jaime, vecino suyo del barrio Gótico.
-Este es Paco. Buen chico, que viene de Sevilla y está aquí solo. Vende libros conmigo, ¿sabes?
-¡Ah!, pues bienvenido, joven -dijo, con un cerrado acento- ¿Y qué tal va?
-No va mal—contestó Carlos—pero él tiene que pagar pensión, ¿sabes? Vive en particular, con una familia, así que si tienes algo, seguro que le viene bien, tú.
-Comprendo. Ahora están llegando por turnos barcos de la flota americana y algo sí que hay. Unas pesetas extras sí que puede sacarse. Tú verás.
Me explicó Carlos en que consistía la faena. Debía situarme en la salida del muelle y repartir entre los marineros unas octavillas en inglés invitándolos a visitar el bar de Jaime donde encontrarían buena bebida y mejores mujeres. Si lograba hacer de guía personal y llevarlos directamente yo, tendría una comisión aparte. Además, podría hacerlo fuera de las horas de venta. La propuesta no podía ser más atrayente. Andar en un ambiente golfo y cobrando, el paraíso. Cualquier joven salido de dónde yo firmaría con gusto. Al menos muchos, lo aseguro. Para el desquite visual, más que nada, ya que para lo demás al mozo le rondaban en primer plano las imágenes muchas veces vistas en el colegio sobre las consecuencias de las enfermedades venéreas. ¿Condón? ¿Preservativo? ¿Qué era eso? Ni idea.
Baste decir que me mantuve varios meses con los libros y las octavillas, y la diversión que esto último supuso. Que palabras de agradecimiento y buenos recuerdos es lo único que conservo de aquella ciudad, aquellas gentes y aquél barrio. Pero el tiempo pasa y el futuro exigía tomar otros rumbos no tan gratos. Regresé a casa a mi pesar y preparé mi ingreso en la Guardia Civil antes de que me llamaran a filas para hacer la mili, ya que como Hijo del Cuerpo tenía ese privilegio. Mi padre me animaba diciéndome que con mi educación, allí tendría futuro y pronto sería oficial.
Francisco Lerena, Lobo Azul

Lerena evitó mucho mal, pero le reconcomía el alma utilizar la amistad para…

Francisco Lerena tuvo que abandonar la Guardia Civil por motivos médicos. Una…

Tras su paso por la academia de la Guardia Civil, Francisco Lerena es enviado a su primer…

El nuevo colaborador de El Reservado explica en el segundo capítulo de su vida…

“Ya que voy a formar parte del equipo de El Reservado, lo educado es presentarme a…





