Los más leídos de esta sección
Anonymous, OperationPaperStorm
Anonymous: conoce su tecnología y su forma de atacar

La Policía ha detenido a tres miembros de la “cúpula” de Anonymous y ha facilitado una serie de datos sobre su forma de actuar que nuestro colaborador y especialista en la…

El Reservado
Anido es tiroteado en Colombia

Tras ser descubierta su infiltración, Anido es enviado en secreto por el Cesid a un puesto de la embajada en Colombia, donde es tiroteado por unos desconocidos al salir de un banco. Su…

Gobierno de España
Medallas para dos espías enemigos

El Consejo de Ministros de ayer aprobó el real decreto por el que se concede a los dos jefes del espionaje enfrentados en la época de Alberto Saiz, Agustín Cassinello y Francisco…

wikipedia
El día que ETA descubre a Anido

En abril de 1995, unos compañeros de ETA se pasan por Estrasburgo a visitar a los padres del “topo” Anido. Ven una foto de su jura de bandera como guardia civil y dan la voz de…

¿Deben regresar ya las tropas españolas que se encuentran en Afganistán?
68%
No
32%
El ex agente Francisco Lerena, nuevo colaborador de El Reservado

La historia de “Lobo azul”, el topo que evitó el asesinato del Rey

Por Francisco Lerena, "Lobo Azul", 02 de septiembre de 2010

La niñez. Unos nacen en impolutos hospitales con enfermeras de toma pan y moja y médicos de serie americana luciendo sonrisa Profidén, y otros en una Casa Cuartel de la Guardia Civil sobre una cama de tubo metálico verde cubierta con una áspera manta del Ejército. Y este fue mi caso. No recuerdo el motivo, obviamente, pero di la sensación de que el panorama exterior no era muy de mi agrado, así que intenté no salir al mundo aún, cuando en realidad ya me correspondía. Mi madre, la pobre, no podía soportarme más allá adentro, por lo que el médico del pueblo se tomó muy a pecho mi salida, y entre tirón y tirón de fórceps, un cabezón de enciclopedia fue apareciendo. Debieron de tocar la corneta ante el acontecimiento, porque en un cuartel era así como se anunciaban tales eventos. Más por el descanso de la parturienta que por el nuevo civilito, para qué nos vamos a engañar.

Mi padre andaba por los montes de Sierra Morena patrullando durante semanas buscando maquis, o bandoleros, que era como se les llamaba. Venían a ser vecinos de pueblos cercanos que, terminada la guerra civil, aún andaban por esos montes sin atreverse a bajar a pesar del mucho tiempo transcurrido del final. No se fiaban. Me contaba mi padre años después que aquellas patrullas eran en realidad un cubrir las apariencias, y que tan sólo en una ocasión tuvieron un enfrentamiento a tiros con unos que resultaron ser llegados de Francia y la cosa terminó con su apresamiento. Los lugareños sabían por dónde patrullaba la Guardia Civil, y estos sabían por dónde andaban los otros. Un entente casi cordial. A veces se cruzaban.

-No mirar hacia el lentisco grande de la derecha—decía en voz baja el brigada—. Allí está la partida.

Y seguían su camino tan panchos. Y era evidente que los maquis hacían lo mismo. Vive y deja vivir, y a esperar acontecimientos. Este estatus lo corroboraron algunos de los que, ya cansados, bajaron del monte y se entregaron.

Con pocos meses de edad, del monte pasé a la costa. Y allí aprendí a amar el mar. Al padre del civilito lo trasladaron a la bahía de Cádiz, al cuartel de Puerto Real, a un pabellón (piso) en la segunda planta desde el que se divisaba el mar, La Carraca de San Fernando y gran parte de la bahía. Y aquí sí. Aquí fui niño travieso, curioso y malvadillo, pero ¡ojo!, con carita de buenón, de esos a los que las señoras bien, tipo Mingote, con velo y rosario entre los dedos, le pasan la mano por la cabeza  alabando su candidez y le acarician y levantan la barbilla para mirarlo mejor.

-Pero si parece un angelito. Qué rico.

El “rico” le habría dado de buena gana una dentellada en aquellos amorcillados dedos que solían oler a colonia de rosas o jazmín. Sobre todo a doña Charito, la del sargento, que andaba todo el día gritándonos para que no hiciéramos esto o aquello. Pero no era éste mi juego favorito, sino otros propios de la pandilla que formábamos “los del cuartel”, que así se nos conocía por los otros niños fuera de los muros de aquél patio dónde se hacía la instrucción. Pelearme a pedradas lanzadas por encima del muro con los rivales del barrio, después de salir del colegio y merendar, era el pasatiempo habitual. Y ojear una y otra vez  el TBO. Sin embargo, de los que más me gustaban eran los de riesgo. No es que una pedrada en la frente fuera cosa baladí, que alguna me llevé, pero era un lance aceptable, asumido, que terminaba cuando mi madre me ponía bien apretada en la frente una moneda grande envuelta en un paño blanco para bajar la hinchazón, y unos cuantos zapatillazos en el culo como colofón.

-Cualquier día te dejan sin ojo—concluía la santa que me trajo al mundo.

Lo bueno era lo otro, cuando mi padre se echaba la siesta porque tenía servicio nocturno de costa y yo entraba en la habitación más sigiloso que un gato y me llevaba la pistola Star del 9 largo dejando allí, reposando en el armario, la funda vacía. Mi amigo Carlitos, el hijo del cabo, y Tobali, hacían lo mismo cuando podían. Punto de encuentro: el hueco de una escalera que dejaba utilizable una especie de covacha desde donde no se nos veía. Cargador de pistola fuera. Balas sobre un papel grande. Y a mis siete u ocho años, Paquito montaba con la munición un pequeño ejército, parapetado tras el cargador, que atacaba a mis contrincantes con el chasquido en vacío del percutor de la pistola. Casi siempre ganaba Carlitos, que por ser hijo de cabo, en su casa tenía, además de la pistola, la munición del subfusil naranjero de su padre y siempre aparecía con muchas más balas que nosotros. Un verdadero fastidio, la verdad. Pero era buen chico a pesar de todo, y lo digo con conocimiento, ya que conservo en mi cara una cicatriz de una de nuestras peleas de no me acuerdo bien por qué.

El pabellón de solteros era una especie de dormitorio grande, adosado a uno de los muros del patio, con quince o veinte literas y servicios donde vivían  los casaderos. Cada día, el guardia que estaba de cuartelero era el encargado de que permaneciera cerrado con llave cuando no hubiese nadie. Allí, en los armeros a la vista, se guardaban los fusiles y munición de los que estaban libres de servicio, por lo que la prohibición de entrar los niños era total. Y esto era lo más tentador. Pronto dimos con el quid. Tobali, el más fortachón, bien afianzados los pies y pegado a la pared, aguantaba que yo trepara hasta sus hombros para llegar a una de las ventanas, que siempre permanecía abierta para ventilar, y de allí deslizarme a la litera más cercana. Carlitos el siguiente, y entre los dos, subíamos al Tobali agarrado a un ancho cinturón de servicio que siempre encontrábamos por allí. Dentro jugábamos con los fusiles, a curiosear en las taquillas y a mayores, enjabonándonos la cara con la brocha de afeitar de cualquiera.

Era verano y estaba yo en el patio encaramado a una morera arrancando hojas para alimentar a los gusanos de seda cuando vi pasar a dos guardias que llevaban esposados a tres hombres. Uno de ellos, descalzo y con el pantalón arremangado hasta media pierna, parecía un pescador. Entraron en el pabellón de solteros y los dejaron dentro. Raudo, localicé a mis dos colegas, y expuesta la novedosa e intrigante situación nos pusimos manos a la obra, colarnos y observar. Los hombres permanecían en el fondo del pabellón esposados cada uno a una litera. El de más edad lloraba. Nos deslizamos debajo de una de las camas y sólo veíamos hasta un poco más arriba de sus rodillas. La puerta se abrió con gran estrépito y tres pares de botas pasaron muy cerca de nuestros ojos. Uno calzaba los rechonchos pies del sargento, que además portaba un vergajo. El corazón parecía querer salírseme por la boca. Fui testigo del primer interrogatorio de mi vida. Se trataba de que confesaran si eran los autores de un robo con butrón y averiguar dónde escondían lo sustraído. El sargento, con su bigotón y aspecto fiero, los intimidaba dando vergajazos en un colchón y amenazándolos a voces con cimbrearlo sobre sus espaldas si no hablaban pronto y claro. No aguantaron mucho. El hombretón que lloraba confesó, y sus compinches confirmaron lo dicho. Me pareció todo humillante y muy triste. Creo que lloré.

Francisco Lerena, Lobo Azul

Contenidos relacionados

Espías · Noticias “El infiltrado como yo es un solitario”

Por su interés y ante la petición de nuestros lectores, reproducimos…


Espías · Noticias Una lesión le aparta de la Guardia Civil e inicia una nueva vida

Francisco Lerena tuvo que abandonar la Guardia Civil por motivos médicos. Una…


Espías · Noticias Las complicadas y divertidas aventuras de un guardia civil novato

Tras su paso por la academia de la Guardia Civil, Francisco Lerena es enviado a su primer…


Espías · Noticias Primer bofetón y trabajo en un prostíbulo del barrio chino

Francisco Lerena se convertirá pronto en Guardia Civil, pero antes disfruta de…


Espías · Noticias El matón del patio y el cura mete mano

El nuevo colaborador de El Reservado explica en el segundo capítulo de su vida…


Espías · Noticias El espía cuya identidad ocultó Felipe González, en El Reservado

El video que reproducimos hoy da la clave sobre quién es uno de los nuevos…

2 Comentarios
army
05 de Septiembre de 2010 a las 16:52
...mejor fichaje imposible,se nota de donde viene....honor,sacrificio y lealtad.
Merlín
02 de Septiembre de 2010 a las 11:14
Pero que bien escribe este hombre me ha divertido y entretenido con su vida. Un buen fichaje Fernando y dices que tambien hizo cosas importantes y ahora ya se que lo lei en el periodico y creo que en la tele. Este hombre es digno de estar aqui en nuestro reservado.
Debe estar registrado para poder comentar