“No chivarse y muerte a los violadores”
08:30 horas: comienzan las carreras, los reclusos inician el día. Se escucha el murmullo, son los internos bajando las escaleras, acuden al comedor para desayunar. Así empieza un nuevo día y a la vez “las reglas no escritas” y que todos los presos cumplen, ya que los castigos por parte de los mismos internos se pueden hacer insoportables.
La primera de las reglas es el respeto al “kie” (interno que por unas u otras circunstancias ostenta un posición de poder sobre el resto de los internos). Esta superioridad se produce por ser el que mueve la droga dentro del establecimiento penitenciario, por ser el que mas “peculio” tiene y saben que a sus pechos tomaran café y no les faltará el tabaco, claro que en la cárcel todo tiene un precio.
Un “kie” que se precie, al menos ha tenido que demostrar que es el “más fuerte”, no sólo físicamente, sino que es capaz de enfrentarse a las normas, y que esa lucha no la termine pagando él. Siempre esta “el tolai” o “pringao” que se lleva las sanciones.
Y ese “kie” que mueve la droga, tiene su camarilla y para protegerse del resto al menos un “pincho”, que habitualmente no guarda él, sino que lo hace uno del grupo, y los lugares para esconderlos. Los más elegidos son las zonas comunes, ya que si, en una requisa o cacheo, los encuentran los funcionarios no pueden adjudicárselo a ningún interno.
Camuflaje en las celdas
El lugar más frecuente para esconderlos suelen ser los servicios, ya que en el comedor o sala de televisión y juegos están los internos y alguno al verlo podía “chivarse” al funcionario. Otro de los escondites es la celda, donde hay muchas mas posibilidades de ocultarlo y tienen mas tiempo para hacer un buen camuflaje.
Me llamó la atención un pincho escondido en la pared. El interno había raspado en la pared de la celda la forma del cuchillo, un hueco perfecto, y estaba camuflado perfectamente. La pasta de dientes había servido para que la pared tuviera continuidad y sólo al pasar el detector de metales nos dio el aviso.
Los teléfonos móviles se esconden por piezas. La batería en un lugar, la carcasa en otro y el resto del aparato en otro, así ocupa menos. Antiguamente, en la década de los 80, también se encontraron pistolas y al igual que los móviles estaban escondidas por partes, y aunque suene a película las pasaban en los zapatos. Esto ocurría en Carabanchel y en la Modelo de Barcelona.
En ésta última todavía había menos problema, ya que la prisión está en el centro y desde la calle Provença, se lanzaban pistolas, y todo tipo de drogas. Caían las bolas a los patios, los funcionarios las cogian e inmediatamente un preso se levantaba el jersey, se tapaba la cara, sacaba un pincho, te lo ponía en el cuello y había que soltar la bola. Los héroes son los de los tebeos, siempre nos quedaba habernos fijado en las zapatillas y posteriormente buscarle entre 600 internos que podía tener una galería.
Adosando el “pincho” con chicles
Regresamos a los lugares o escondites. Entre ellos está el típico del colchón, otro debajo de las sillas -adosando el pincho con chicles-, debajo de las mesas en las salas de juego, en las cisternas en los servicios, atando con un hilo casi transparente el cuchillo y dejando caer al váter, y así una infinidad de lugares y objetos.
En cuanto al “código” de los internos, esas reglas no escritas, se pueden resumir en tres: la primera y más importante NO CHIVARSE, la segunda A LOS FUNCIONARIOS NI AGUA, y la última MUERTE A LOS VIOLADORES.
En la cárcel pasa de todo, son 24 horas pensando y en la mayoría de las ocasiones 24 horas de ocio. Pues igual que en un pueblo.

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